Slowdive – Slowdive (2017)


Hablar de legado es complicado. No solo porque implica concordar en que se concibe como tal y cual es su envergadura, sino también porque muchas veces se extiende como una sombra sobre cualquier retazo que quiera florecer y expandirse fuera de esa capa enorme que se malentiende como “herencia” y termina anclando más que sirviendo de propulsión a lo nuevo.
Sumemos además que los días en esta era de la sobreinformación parecen ir demasiado rápido, tanto para foráneos como para nativos de internet. 22 años en estos tiempos no solo significan cambios en los paradigmas en que se desenvuelve todo, sino que es una cantidad tan apabullante de tiempo que perfectamente pueden significar el auge y caída de al menos media docena de bandas.
Por ello, no es menor lo que simboliza el regreso de Slowdive tras tanta agua bajo el puente. Una apuesta que podría haber resultado en un retorno de capa caída o que simplemente pudo pasar a sumar otro archivo más a esa enorme carpeta de bandas que decidieron crear nuevamente y adaptaron su sonido a los tiempos que pasaban con -spoiler- resultados pobres.
Esto es más cercano, tanto por estética como por misticismo, a lo que hizo My Bloody Valentine el 2013 con “MBV”. Una continuación natural de lo previo, pero al mismo tiempo añadiendo matices que justifican una entrega nueva.
Se tiende a pensar que necesitamos remakes de todo, que deberíamos tener canciones nuevas de bandas emblemáticas y -que de alguna manera- nos las deben. Pero no es así. No concuerdo con ello, tanto en ésta como en otras áreas. En el cine, por ejemplo, esta ola de rehacer continuamente buques insignes está provocando una falta de creatividad alarmante y una obsesión con la retromanía que parece no tener fin. En el caso de la música es agradable que bandas como Slowdive consigan resignificar su obra mediante la entrega de canciones que se mantengan a flote por si mismas y no se sienta como un pie forzado en que el resultado es producto más de una obligación que de la inspiración propiamente tal.
Piezas con voz propia como ‘Slomo’ y ‘Star Roving’ representan una de las cosas bonitas que implica escuchar asiduamente música. Una interacción prístina que te hunde inmediatamente en el cosmos de la banda, en lo que tienen para presentar ahora y porque- en este caso- si está justificado el que te tomen de la mano en éste nuevo viaje sónico.
Es destacable que las voces de Neil Halstead y Rachel Goswell se adapten a su condición actual, minimizando sus intervenciones para hacerlas mucho más notorias y tomando los años como una enseñanza que se debe plasmar en las canciones. ‘Sugar for the pill’ y la fantasmagórica ‘No longer making time’ hablan de ello: de que las guitarras también tienen memoria y no han perdido un ápice de emoción.
Y si nos vamos al final que está a cargo del elegante piano de ‘Falling Ashes’, notaremos que es de los pocos momentos donde todo se vuelve más pesaroso y sin esa búsqueda sonora de luminosidad como lo es el resto del álbum, pareciendo más concebida como un cierre crepuscular aun cuando su letra nos recalque una y otra vez que antes que todo termine se está continuamente pensando en amor. Y pensar sobre el amor siempre será una causa de peso, sea cual sea la concepción que tengamos del mismo.
No puedo evitar pensar que este álbum es un poco sobre eso: el volver, el amor y sobretodo como los años dan, quitan y devuelven cosas.

Fleet Foxes – Crack Up (2017)


La música de Fleet Foxes siempre sonó sumamente introspectiva, más allá de su inequívoco espíritu bucólico con tendencias barrocas. Discos como “Fleet Foxes” (2008) y “Helplessness Blues” (2011) tendían a la evocación por medio de su abundancia sonora: el invierno, el sonido de guitarras que parecen empapadas de lluvia o ese halo de vapor cuando toda la atmósfera ya es demasiado fría. Lugares comunes, claro que sí, sin embargo evocados como nunca.
Todo eso se puede todavía oír en la música de estos muchachos tras un hiatus no menor de seis años. Esa necesidad de poder palpar el sol cuando todo está demasiado nebuloso sigue ahí presente en “Crack Up”, el nuevo disco de la banda, lo cual es bueno pero trae consigo inherentemente una pregunta que es necesario hacerse: ¿Es realmente bueno que el tiempo en la música de los Fleet Foxes pareciese no haber hecho el más mínimo efecto?
Casos contrarios hay muchísimos. Los mismos Slowdive, que hace poco retornaron a la carretera discográfica tras un silencio mucho mayor, trajeron consigo un sonido que suena inapelablemente fresco. Con Fleet Foxes no se puede decir lo mismo.
No es que se pueda negar la belleza de piezas como ‘I am all that i need/Arroyo Seco/Thumbprint Scar’ o el mismo single ‘Third of May/Ōdaigahara’. De hecho, son canciones preciosísimas, llenas de vaivenes que invitan a la inmersión continuamente. Pero “Crack Up” de alguna manera se siente como ir a pasear a un lugar lindo pero al que ya habíamos venido demasiadas veces. Y es que la recurrencia con que acudimos a sus dos discos previos, además de a su EP, tal vez avivó cierta expectativa que nos hizo soñar despiertos que cuando nos volviesen a guiar a su imaginario habría una sonoridad totalmente nueva.
Y está bien, tiene variaciones –duraciones más extensas y menos ganchos melódicos- pero no alcanza a ser lo suficientemente significativo como para catalogarlo de retroceso u avance. “Crack Up” es un momento congelado en el tiempo.
Y bueno, tras esa ligera queja solo queda catalogar todo lo bueno que tiene para ofrecer, que digámoslo, parte desde una cuidada portada como es habitual en la banda de Seattle.
“Mute at midnight she might look like the answer” dice una de las frases de ‘I am all that i need’; una tendencia lírica que está más que presente en el resto del álbum. Si bien los cambios no son tan visibles en cuanto a lo musical a primeras oídas, otros recovecos poseen muchas de estas enigmáticas vueltas. Era casi imposible que la vida de Pecknold en New York y los cambios e incertidumbres que tuvo que afrontar en ese tiempo no se terminaran permeando en su obra actual.
‘Cassius’, por otro lado, tiene una evocación mucho más compleja, no siendo amable en su composición que parece entremezclar demasiado, volviéndose una pieza esquizofrénica pero no por ello menos magnética. Además de tener uno de los versos más duros de Pecknold, que se siente como un choque a toda velocidad contra un muro de realidad: “The song of masses, passing outside, all inciting the fifth of July. When guns for hire open fire, blind against the dawn. When the knights in iron took the pawn. You and I, out into the night held within the line that they’ve drawn”.
El oír al completo el disco le brinda un sentido nuevo a ‘Third of May’, que sale ganando y transformándose en un eje en este mar de pocas certidumbres. Y en uno de los pocos momentos genuinamente gancheros, además. De hecho, el otro single (‘Fool’s Errand’) no suena ni la mitad de urgente que este.
Muchas canciones, como ‘On another ocean (January/June)’, responden a la lógica de que quien quiera maravillarse tiene que adentrarse en ellas. No son fáciles, a veces un poco áridas, pero tienen mucho que dar. No por sentirse algo rutinario o ya visto, no tiene mucho para ofrecer. Ya lo hizo Jim Jarmusch en ese tremendo film que es “Paterson” (2016) donde asistimos a la vida diaria por siete días de un conductor de autobús quien encuentra en la poesía de su entorno y en su vida repetitiva una vía de escape. La salida de Pecknold –en este caso- son los Fleet Foxes, que para bien o mal retornaron con un disco que es necesario oír varias veces para ver si podemos sintonizar o no con él.
Afortunadamente estamos en la mejor época para ello, y entre el frío de esperar micros que no pasan nunca en un Santiago nublado, tal vez podamos descubrir (o perder) una que otra cosa con este folk enigmático y sobrecargado.

Lollapalooza Chile 2017: Un fuerte remezón



Lollapalooza Chile 2017 – 01 y 02 de Abril, Parque O’Higgins

El festival que una vez al año desembarca en el Parque O’higgins acaba de dar por finalizada su séptima versión y –como acostumbra- deja tras de sí un sinnúmero de postales, propuestas artísticas y comerciales, así como todo un picadillo que se desprende en su periferia y que no tiene mucha relación con la música propiamente tal. Y si bien se entiende que tras siete años cueste sorprender, hasta ahora lo que parecía una constante en el nivel del evento parece haberse tornado bruscamente en una variable, y no hablamos de un factor menor. Hablamos de su equilibrio.

Equilibrar una parrilla interesante, los horarios de presentación, así como la diversidad de cada día ha de ser una tarea ardua, y queda la sensación que este año eso se desbandó un poco. Espacios que otrora eran para recorrer y conocer bandas nuevas o mirar un grupo que gustase en la línea media, se volvió una misión casi fallida por parte de los asistentes. No es cosa de sonar tan categórico tampoco; la experiencia en si sigue siendo gratificante, no obstante en retrospectiva parece que visitamos una versión mucho más deslavada.

Inversamente proporcional a ello, la cantidad de asistentes parece haber roto varios records este año, siendo el día sábado el más concurrido con una asistencia que innegablemente venía a ver a Metallica y hacía difícil el tránsito por el parque. Generando una convivencia entre estilos que sin más es donde radica lo bonito del festival: poleras negras viendo algo tan radicalmente opuesto a sus gustos como Bomba Estéreo, o padres con coches quedándose un rato más en el pasto para escuchar los acordes del ‘Éxtasis del Oro” de Ennio Morricone que sirvieron de previa al show de la banda de Los Angeles. Son momentos atesorables y tal vez los que terminan resignificando la música. Sin embargo eso mismo deja abiertas varias preguntas: 

¿La propuesta del festival es proporcional a esta entrega? ¿No resultan cada vez más mezquinos los momentos épicos que el festival nos está entregando?

Hay varias cosas que se deberían revisar en adelante. Y es que más allá de la preponderancia que ha tomado la oferta electrónica del festival, y que aparentemente independiente de uno que otro headliner, es el mayor generador de convocatoria. El énfasis en ese punto parece no haberse traspasado al resto del cartel.

Recintos como el ‘Movistar Arena’ que albergan una fiesta interminable y parecen un mundo paralelo dentro del contexto del festival, cada vez se van quedando más pequeños para la asiduidad que tienen, y si bien funcionan perfecto como ambiente para toda la gente bailando bajo luces neonicas e intermitentes, el exceso de asistentes del que se vio victima este año (en ambos días y con la presencia de muchos niños) pueden resultar en un buen planteamiento para la próxima versión y trasladar uno de los polos más populares de Lollapalooza a un sector más abierto. Y es que la necesidad de expandirse por el parque ya no suena tan descabellada.

En cuanto a los headliners estos son decisivos a la hora de juzgar el éxito u fracaso de una instancia como esta. Metallica es consabido que goza de una popularidad como pocos en este país, y es que el género en particular tiene muchos asiduos, por visitar ejemplos recientes es cosa de mirar los números de Black Sabbath o Iron Maiden. Una aritmética ante la cual es difícil competir. The Weeknd por otro lado, juega en una liga absolutamente distinta, remitiéndose a sonoridades más actuales y elucubrando un show donde el protagonista está muy demarcado, haciendo gala de un control que no deja vislumbrar por ningún resquicio su trayectoria más acotada.

En ese sentido Duran Duran es quien tenía la tarea más particular por delante. Teniendo que hacer uso de un legado abundante en hits, pero a la vez con una interpretación que no dejará dudas respecto a su salud actual. Y les funcionó, con tal vez, el mejor show del día domingo.

En cuanto a grupos de este milenio The Strokes suponía la nota de incertidumbre con el errático precedente de su vocalista mientras que The xx eran los encargados de poner la cuota de sofisticación y precisión milimétrica en su ejecución.


Y es que aun cuando todos triunfaron de uno u otro modo. Al mirar más abajo, son pocos los momentos que se pueden catalogar como más allá de buenos. Casi no los hay malos, más apenas rozan lo idóneo, ya ni hablar de ser descollantes y es que tal vez nos malacostumbramos a un fervor excesivo con una propuesta que vio su pick muy tempranamente (2013/2014) y que poco a poco ha ido decayendo, tan sutilmente, que recién estamos sintiendo como la cuesta abajo es un poco más pronunciada cada año. Pero que este 2017 no se puede evitar sentir como un fuerte remezón.

Lollapalooza Chile 2017: Reseñas Individuales



Alex Anwandter

Tres de la tarde, el sol y calor que estuvieron ausentes el día anterior aparece con fuerza mientras el Ex Teleradio Donoso saca a relucir toda la experiencia en una performance que se ha vuelto una obligada de los proscenios locales, y que no tiene nada que envidiar a bandas extranjeras que se presentaron en los otros escenarios principales.

De hecho esa fue una de las frases que se encargó de reproducir Anwandter en su presentación: dejar de lado el resquemor a los artistas chilenos durante el resto del año y no solo apoyarlos en estas instancias. Sin caer en chovinismos baratos y a la vez revindicando una dignidad que se ve menoscabada por una percepción algo errada de una escena que ha crecido una enormidad.

En cuanto a lo musical el setlist que empleó se constituyó mayoritariamente por temas de ‘Amiga (2016)’ , ‘Odisea (2010)’ y los infaltables hits de ‘Bailar y Llorar (2008)’ de Teleradio Donoso.

Como frontman Anwandter es una presencia magnética y que más allá de poseer un respaldo con canciones de eficacia probada es el desplante y el show cinético del mismo el que le da una vuelta a lo que quiere plantear, sumando mucho a su propuesta que cruza lo artístico para plantearse de lleno en un plano completísimo.

El apartado técnico de las canciones tampoco es irrelevante, sumando bronces en ‘Éramos todos felices’ o la ejecución que invita continuamente a la fiesta de ‘¿Cómo puedes vivir contigo mismo?’ son hitos ineludibles y que obviamente invitan a bailar, a seguir con las palmas, incluso sobreponiéndose a un calor que no ayuda en nada. 

Con todo ello y un poco parafraseándolo; ojalá lo volvamos a ver antes de seis años más, porque el espectáculo que brinda lo vale. Y tal vez su ubicación en esta pasada debió estar mucho más arriba.

Bomba Estéreo

Lo de la banda colombiana es una mezcla de factores demasiado estimulante, entrelazando ese pulso continuo de lo latino con una sensación de electromagnetismo que les funcionó a cabalidad durante su hora asignada, y que insufla de ritmo esa argamasa sonora que cruza lo más sudamericano con lo futurista y maquinal.

‘Soló Tú’, ’Caderas’ y ‘Caribbean Power’ fueron la tríada con que abrieron y que daban pie para que la vocalista Li Saumet sacará a relucir su carisma frente al público, y si bien a veces se notaba el sobre uso de ciertas frases manoseadas hasta el cansancio por distintas bandas para poder conectar con el público (un recurso innecesario en su caso pues, esa labor ya la había conseguido con su interpretación) en líneas generales se sentía muy conectada con lo que estaba tocando, como al mismo tiempo para interpelar a una audiencia que estaba dispuesta a menearse.

La entrada de bailarinas y niñas en ‘Soy Yo’ acentuó esta tendencia y encontró otro punto alto en la bonita ‘Somos Dos’. La labor de Julián Salazar es otro de los activos del grupo que no se debiese obviar, consiguiendo redimensionar la música del grupo. Tocando de forma muy intuitiva y limpia (sobretodo en ‘Pájaros’).

De todas formas, y como no podía ser de otra forma, el cierre a cargo de ‘Fuego’, tema central de una reciente telenovela nacional, y agregando –además-un dragón en el escenario fue la forma más idónea de retirarse mientras las sirenas y la candencia se iban esparciendo por todas las personas que entre los árboles y el pasto circundantes decidieron formar parte de una fiesta que evidentemente no se escuda tras lo bailable para estancarse, si no que propone continuamente y cruza varios limites en cuanto a estética se refiere .

 Two Door Cinema Club

La relación de la banda con este festival no es de carácter reciente y de hecho, en la versión del 2013 tuvimos la oportunidad de verlos en el mismo escenario con un horario de mucho menor importancia, más desprendiendo una energía desbordante  y sonando como una gran sorpresa dentro de lo que fue un cartel poderosísimo (para los entusiastas esa actuación aún se puede encontrar en youtube).

Ha pasado mucho tiempo desde entonces, y varias cosas han cambiado. No solo el largo del pelo del vocalista Alex Trimble y un receso post gira de su disco Beacon (2012) es lo que acarreaban para este nuevo encuentro. Pues si bien la resonancia de su regreso con ‘Gameshow (2016)’ fue -siendo generoso- discreta y su creación a distancia (debido a los tratamientos que estaban recibiendo algunos de los miembros del grupo) no marcaban un buen precedente.

En esta pasada se las arreglaron para dar un show justo, sin grandes aspavientos y con uno que otro momento brillante, que amparándose en canciones previas consiguió sobrellevar una tarde-noche que es la instancia más agradable para oír música.

Y es que eso de poder sostenerse sobre un repertorio solido es lo que hace que la valoración de un show como éste resulte dificultoso. Los momentos altos residen en su mayoría en canciones de ‘Tourist History (2010)’ un disco que ya posee siete años a cuestas y que con tracks como ‘I can talk’, What you know’, ‘Undercover Martyn’ o ‘Something good can work’ tocan la fibra del público de forma directa, creando situaciones que para un festival son idóneas.

No obstante esos mismos picos de brillantez, se diluyen en la interpretación de canciones más recientes. Creando unos valles anímicos que opacan el total. Confundiendo con voladeros de luces, que por disfrutables que sean, no consiguen ocultar un enorme bajón subyacente tras una buena fachada.

Borgore

Lollapalooza alberga muchos microcosmos durante su extensión. Algunos como Kidzapalooza están destinados a la inclusión, otros como el teatro La Cúpula se destina mayoritariamente a los recitales nacionales. Sin embargo el que tal vez acapara mayor atención e importancia es todo ese universo paralelo que se lleva a cabo en el Movistar Arena y que tiene como principal característica su orientación a la música electrónica.

Con un público que incluye muchas cabelleras rubias y bastantes menores de edad, es una asistencia que no tiene muchos problemas a la hora de formar parte de una atmosfera sudorosa, luces estrambóticas y desenfreno. Que son por lejos la mezcla prevaleciente en el reducto.

En particular el caso del DJ israelí es una propuesta sumamente sucia y que sonoramente se inclina hacia lo más tosco, presentando imágenes provocativas y de –derechamente-  muchos potos, no busca engañar  con falsos intereses intelectuales y la audiencia no es que pida una vuelta de tuerca más sofisticada tampoco. De hecho es cosa de mirar en cualquier parte del recinto y encontraremos a jóvenes bailando cual Ian Curtis con movimientos cortos y geométricos. Y es que no hay más.

Y es en ese bucle que este tipo de música parece rondar eternamente, entre la complacencia de sus escuchas, como en una propuesta insípida cuanto menos.

Lucybell

El caso de Lucybell es una de esas situaciones que lamentablemente son tristes de escribir.
Teniendo músicos de nivel más que descollante como José Miguel Foncea en batería, parece estar en un limbo discograficamente hablando desde la edición de su disco ‘Lumina (2004)’ y –tal vez- ‘Comiendo Fuego (2006)’. Y el apartado ‘en vivo’ no es mucho más alentador, ya que el estado actual de  sus temas está produciendo versiones que si bien buscan sonar sofisticadas, en ese tránsito es donde pierden demasiada sangre y parecen más un remedo del legado que tiene una banda del trayecto de Lucybell.

Es impensable que escuchar una canción del calibre de ‘Luces No Bélicas’ no produzca más que aburrimiento, y es lo que sucedió el sábado pasado, a su vez que la ausencia de bronces la empobrece en demasía. Sumemos además ese pecado técnico que fue como sonó el bajo en toda la presentación, saturando muchas canciones y de paso estorbando a los demás instrumentos.

‘Sembrando en el mar’, ‘Caballos de histeria’, ’Tu sangre’, ‘Solo crees por primera vez’, ’Sálvame la vida’, ’Cuando respiro en tu boca’, ’Carnaval’, ‘Viajar’. Todos temas de una dimensión gigante y sonaron de la forma más insípida posible.

Tal vez llega un punto de quiebre cuando los propios músicos se saturan de su propio legado y el ajuste de la maquinaria sonora empieza a chirriar, no obstante, lo que mostró la banda el sábado pasado más que desajuste, se asemeja a una desidia enquistada en el núcleo de una banda. Lo que es triste siendo lo que fueron.

Duran Duran

El recorrido es algo que no se puede disimular, y aunque parezca que tenga una connotación negativa, en el caso de Duran Duran solo sirve para tirar flores a una de las performances más sólidas del festival, si no, la más pulcra por lejos.

¿Cómo sonar actual sin caer en la caricatura de si mismos? Parece haber sido el leitmotiv bajo el cual se armó y ejecutó la actuación de Simon Le Bon y compañía el domingo en la tarde, lo que ahora en retrospectiva, nos suena de una lógica incontestable.

El volumen es una de esas variables que son dificultosas de manejar, tanto por si se pierde fuerza, como cuando por el contrario se sale de control y termina socavando el protagonismo de cada pieza. Duran Duran equilibró estos puntos, con un fuerte volumen pero al mismo tiempo dándole la justa medida de lucimiento a cada segmento de su orquestación, que dicho sea de paso está gigante en cada parte: John Taylor y Nick Rhodes son unos pequeños dioses en sus roles respectivos.

Y es que el principal mérito de la banda fue entregarse lo justo sin caer en remedar su postura; digamos hacen uso de efectos prácticos con fuegos artificiales en las pantallas, pelotas gigantes hacia el público o ese homenaje a David Bowie que enlazaba ‘Planet Earth’ con la maravillosa ‘Space Oddity’, y podría haber sido un exceso, pero se queda ahí, como un toque pintoresco porque la solidez del repertorio es más fuerte. Revisitándolo y ajustándolo a nuestros días sin profanarlo en el proceso.

‘Come Undone’ ya me suena inseparable sin el aporte que hacen las poderosas coristas del grupo, que desbordaban carisma y que brillaron por méritos propios. No repararon en hits a la hora de armar su setlist tampoco: ‘Ordinary World’,’Girls on a film’, ‘Rio’ , ‘The wild boys’ , ‘Save a prayer’ o ‘Hungry like a wolf’.

 Lo que podría haber sido un estertor de viejas glorias fue un charchazo para cualquier banda que lleve menos de 10 años tocando y no le alcance para esa potencia en vivo.


En cuanto al público fue uno de mayor edad el que a esa hora disfrutó de las canciones de los ingleses, pero es confortable pensar que entre tanto millenial esperando a The Strokes o Th Weeknd más de alguno haya sucumbido a la arrolladora propuesta de un grupo que sabe cómo manejarse a si mismo sin perderse en el proceso. Porque perder el norte es fácil – sobretodo cuando de la nada aparecen alpacas y monos gigantes entre el público- sin embargo la prolijidad de Duran Duran en su presentación es una de esas  para atesorar en el futuro.

La actividad forestal - Federico Falco



Cuentos ubicados en provincia desde un punto de vista geográfico y narrativo. Hay algunos bastante bucólicos - que merecen ser oídos con los Fleet Foxes o Neil Young de fondo- como "Las Liebres" y "La Actividad Forestal". Otros van mucho más allá entremezclando esa suave modorra que recubre los pueblos periféricos: el aburrimiento que congela el tiempo mientras detiene eternamente las vidas de sus habitantes.

Aunque es tal vez "Cielos de Córdoba", un cuento mucho más largo, el que vierte ideas más originales, situándose en el -peculiar-despertar sexual de un niño que básicamente se mueve en un mundo donde los adultos o son discapacitados, o derechamente, persiguen ovnis y símbolos inexistentes.

Releeré Flores nuevas pronto, ya que quedé con una buena sensación tras este libro y creo el anterior merece una repasada.

Matar a un ruiseñor - Harper Lee




El sur de los Estados Unidos descrito mediante la literatura de este libro es de alguna forma lo que también me hacen sentir los Beach Boys sobre California: un lugar que ya no existe , pero el cual es posible alcanzar mediante la música o las letras como es en este caso.

La intransigencia de los adultos y el sesgo racial golpean fuerte, no obstante es la aspiración de sacar lo mejor del espíritu humano-que se ve reflejado en el correcto Atticus Finch- lo que hacen de este un libro entrañable.

Además la voz de la narradora es el prisma idóneo a la hora de presentarnos el relato. Con inocencia ,pero sin escapar demasiado de los horrores de su tiempo

Saga Vol.07 - Brian K.Vaughan/Fiona Staples



Saga ha estado irregular en los últimos tomos (siendo el vol.05 el más débil a la fecha), por ende la previa que situaba a este volumen como el arco en el cual Brian K.Vaughan se centraría en ahondar en la arista más puramente bélica de la serie,generaba expectativa, y a la vista de los resultados cumple-no obstante-más por las desviaciones que por el trecho principal.

Reminiscencias al primer amor, hacia no sentir empatía o bien a los peligros de creer pasivamente en algo. Son seis números sumamente duros, aunque tal vez la etiqueta de 'arco de guerra' es demasiado engañosa, ya que si bien son situados en un campo de batalla, la historia se enraíza mucho más en las tangentes de la misma, en las victimas de los territorios en disputas, en sus habitantes y en como esa realidad distorsiona sus creencias.

Además -aunque no sé si es spoiler- este tpb debe tener el final más desolador a la fecha.

Greatest Hits 2016

Lo bacán de lo bacán sin orden alguno (Año anterior)



























Películas

Mucha maravilla este año. Aguante Denis Villenueve y Taika Waititi

Hunt For The Wilderpeople (2016)
Arrival (2016)
Captain Fantastic (2016)
Ex Machina (2015)
Howl: El Castillo Ambulante (2004)
The VVitch (2016)
Kubo and the Two Strings (2016)
Bone Tomahawk (2015)
Me, Earl & the Dying Girl (2015)
Prisoners (2013)
12 Angry Men (1957)
What We Do In The Shadows (2015)
The Lobster (2016)
Star Wars: Rogue One (2016)

Libros

Biografías hermosas, retornos brigidos a Haruki Murakami y cuestionamientos a la humanidad de la mano de la ciencia ficción.

La historia de tu vida - Ted Chiang

Instrumental - James Rhodes
La Maravillosa vida Breve de Óscar Wao - Junot Diaz
El Fin del mundo y un Despiadado País de las Maravillas - Haruki Murakami
Qué Vergüenza - Paulina Flores
Crónica del Pájaro que da cuerda al mundo - Haruki Murakami
El Maestro y Margarita - Mijail Bulgakov
Limonov - Emmanuel Carrere
A Sangre Fría - Truman Capote
Trilogía de la Fundación - Isaac Asimov
Dune - Frank Herbert
La Pesadilla del Mundo - Simón Soto
El hombre duplicado - José Saramago


Comic

Rick Remender y Jonathan Hickman están en estado de gracia.


20th Century Boys (Vol.01-07) - Naoki Urasawa
East Of West (Vol.01-06) - Jonathan Hickman/Nick Dragotta
Black Science (Vol.01-04) - Rick Remender/Matteo Scalera
Green Lantern Omnibus Vol.01 - Geoff Johns
Fantastic Four Omnibus vol.01 y 02 - Jonathan Hickman
Fear Agent - Rick Remender
Superman: American Alien - Max Landis
Blacksad - Juan Diaz Canales/Juanjo Guarnido
Descender Vol.02 y 03 - Jeff Lemire/Dustin Nguyen
Deadly Class Vol.04 - Rick Remender
Seconds - Brian Lee O'Malley
Locke & Key Vol.06 - Joe Hill/Gabriel Rodriguez
Tokyo Ghost Vol.01 - Rick Remender

Series

Cosas divertidas y cosas muy darksss

Black Mirror (Temporadas 1 a la 3)
Rick & Morty (Temporada 1; la dos aun la tengo pendiente)
Samurai Champloo
Game Of Thrones (Temporada 6)
Stranger Things (Temporada 1)
Cowboy Bebop
Lost (Temporada 1 a la 6)
Daredevil (Temporada 2)
Westworld (Temporada 1)
One Piece (725-755)

Discos

No escuché muchos discos de este año :(

ECSDLQHP - Run Run (2016)
Varios - La La Land OST (2016)
Amarga Marga - Mi Arma Blanca (2016)
Elliott Smith - XO (1998)
Radiohead - A Moon Shaped Pool (2016)
Elliott Smith - Either/Or (1997)
Explosions In The Sky - EINACDP (2003)
Franz Schubert - Piano Trio No.2
Mozart - Sinfonia 40 y 41
Michael Giacchino - OST Lost : The Last Episodes (2010)
Michael Giacchino - OST Rogue One (2016)
Alexandre Desplat - OST Moonrise Kingdom (2013)


Hechos Pulentos

Ver crecer al Cristóbal este año ha sido la hueá más maravilla de este año y de cualquier otro <3

Inedit Néscafé 2016 III : ‘Biografías’


Gary Numan: Android in la la land
Steve Read y Rob Alexander | 2016 | Inglaterra y EE.UU. | 85’

El retornar luego de un espacio prolongado de silencio. El miedo al fracaso y la necesidad de conseguir un puntal discográfico en el que sostenerse, aparece como una capa primaria con la que leer este documental, sin embargo, más abajo yacen un montón de cosas más que convierten este relato de un proceso creativo en el viaje de un ser humano que no esconde sus trizaduras y a la vez expone la dinámica con su familia, lo que impregna de sensibilidad a una narración abierta y sin velos.

El trecho que cubre este documental va entre el 2012 y el 2013, de hecho lo remarcan gráficamente cada vez que hay un salto temporal para situarnos continuamente, y registra el proceso de composición del disco ‘Splinter (2013)’ que traería de regreso a Gary Numan en cuanto a lanzamientos discográficos luego de un receso. Y ahí está lo medular de todo: los fantasmas que aquejan a un Gary Numan no son los mismos que a una persona de a pie, la necesidad de mantener un estrellato que se ve lejano en el recuerdo (de hecho se rememora continuamente con ‘Cars’ un single de tremendo éxito en 1979) y muestran a un compositor incansable que manufacturaba composiciones de forma más menos continua pero que teme no conseguir algo lo suficientemente bueno en esta época.

Y ahí no se es mezquino en cuanto a la exposición de los sentimientos del protagonista; haciendo notar los vaivenes emocionales que muchas veces lo han quebrado durante su carrera, el como el maquillaje esconde más arrugas cada año o simplemente los altibajos en su relación con Gemma O’Neill producto de un declarado Síndrome de Asperger. La encrucijada donde se encuentra es clarísima.

‘I Am Dust’ sonará gran parte de la cinta, adornando los viajes familiares en una casa rodante, o la mudanza a EEUU, y será irremediablemente en esos pasajes de carácter más cotidiano: Una Gemma hablando de cómo pasó del fan club de Numan a ser su esposa, o él hablando con sus hijas Rave, Echo y Persia mientras ellas tararean ‘Cars’ vuelven el retrato de una estrella repleta de desasosiego en una figura con la cual es imposible no sentir empatía.

Sex Pistols: The filth and the fury
Julien Temple | 2000 | Inglaterra | 108’.

A veces pasa que el mito que envuelve una historia es casi tan grande como la música que la sostiene. En el caso de los Sex Pistols éste incluso sobrepasa a su música.
Creadores de éxitos como ‘Anarchy In The UK’,’God Save The Queen’ o ‘Holydays In The Sun’ que fueron aglutinados en un solo álbum (Never Mind The Bollocks,Here´s The Sex Pistols, 1977) y el único que sacarían durante su meteórica carrera de 26 meses sirve como una musicalización para un documental que  no claudica , ni afloja al momento de darle contexto al surgir de la banda, así como a las extremas relaciones personales que habían dentro de la misma.
Por ello veremos el caos imperante con un descontento civil a mediados de los 70’s en un UK que se veía convulsionado por lo mismo y que abriría brechas desde las cuales estos jóvenes nihilistas -en el sentido más estricto de la palabra- se abanderarían en una trinchera en la que todo el mundo era un enemigo.

Y es que suena a cliché el marcar como principales atributos de una banda punk la drogadicción, la violencia, el sexo y la irreverencia, y es que tal vez a estas alturas sea un cliché, pero quienes lo inventaron fueron los Sex Pistols. Shows peligrosos, y desencuentros con una prensa que los desaprobaba abiertamente todo queda registrado en la poco más de hora y media de documental.


Como siluetas vemos los testimonios de Johnny Rotten o Malcolm McClaren quienes ya con 25 años a cuestas (cuando se grabó el documental) se hacen cargo del mito contando su versión de los hechos; incluido claro el destino aciago de Sid Vicious producto de las drogas o bien el escabroso asesinato de su novia Nancy Spungen. Una pieza de historia que le hace honor a su nombre y narra sin edulcoramiento la inmunda y furiosa carrera de una banda icónica. 

Inedit Néscafé 2016 II : ‘¿Qué pasaría mañana si la música desapareciese?’


En su 13va  versión el festival de cine y documental Inedit Nescafé trajo consigo, además de una predominancia del punk como tema central y varias cintas enfocadas en las biografías de músicos y bandas, una cantidad razonable de material de carácter más satelital que tienen relación con la música, pero su enfoque revisa aristas menos visibles poniendo el foco en la historia que se cuenta por sobre la predominancia del nombre de un grupo; es en este nivel de la grilla dónde nos topamos con cintas atractivas como ‘I Am Thor (2015)’ o ‘Sonita (2015)’ y donde generalmente está lo más llamativo del festival, consiguiendo traer piezas de difícil acceso, incluso en la era del internet, para el público en general.

Lamentablemente la cantidad de pases que tiene cada película muchas veces hace difícil congeniar los tiempos y quizás varias de estas cintas podrían haber tenido una mayor repercusión al tener aunque fuese una o dos pasadas más. Más allá de ello, y como se decía más arriba, la tesis, el mensaje o el hilo conductor que nos plantean puede llegar a ser mucho más que interesante.

Imagine waking up tomorrow and all music has disappeared
Stefan Schwietert | 2015 | Alemania | 83’

Bill Drummond es una especie de activista contracultural que con un pasado muy singular (tuvo una banda pop (The KLF) de la cual hizo desaparecer cualquier vestigio y registro de su música, así como también generó revuelo por quemar un millón de libras en billetes) en este documental trata de llevar a cabo un experimento musical en el cual nos plantea, como espectadores, la siguiente pregunta: ¿Qué pasaría si mañana despertásemos y toda la música que conocemos hubiese desaparecido?
Ya no solo hablando de grabaciones, sino también de los instrumentos con que eran tocadas, todo rastro, volver a un punto muerto en la historia donde no existe la música como la conocemos hoy. No obstante lo que busca plantear va más allá de lo situacional, sino que va de reimaginar las capacidades de las personas para poder crear.

Es por ello que se embarca por todo Gran Bretaña y parte de Europa en su proyecto titulado The 17. El cual ocupa a personas comunes y corrientes: obreros, trabajadoras de fábricas, monjas, taxistas etc, para que emitan una melodía, sonido, etc para que posteriormente él los reúna en una sola gran pieza musical.

Eso sí, limita la escucha de la pieza terminada solamente a las personas que participaron como parte del proyecto interpretando sonidos. Se asume por ende, en el documental veremos como va reuniendo las interpretaciones- hay una escena en Berlín particularmente bella donde se coordina un efecto surround alrededor de una plaza con la colaboración de muchos transeúntes - más nunca escucharemos el resultado final.

En definitiva una de esas cintas que es toda una experiencia ver, más allá de cierto pasaje interactivo con la audiencia de la sala, y que realmente consigue generar la inquietud en el espectador si realmente tener todo a mano, no estará menoscabando nuestra capacidad creativa como sociedad.

Raving Iran
2016 | Sue Meures | Suiza | 84’

El florecer de la música en parajes tan inhóspitos como los lugares donde los quiebres sociales, políticos y culturales luchan más bien por una sobreposición obligatoria, que por el natural fluir de la misma, lucen muchas veces como muros inescrutables que impiden cualquier atisbo de libertad. Es interesante por ello mismo el relato que cuentan Anoosh y Arash, dos Djs que habitan en Teherán y tratan de hacer llegar sus sonidos enfocados en el house, hacia la masividad, aun teniendo en contra todo un sistema prohibitivo.

Y es que durante el documental vemos donde han sido confinados. Ya no porque sea una música irreverente o política (en varios pasajes aluden a que no hacen música política) si no que el material que producen conlleva cierta occidentalidad que debe ser reproducida en los márgenes conceptuales y literales de la cultura iraní.

Fiestas clandestinas en el desierto, moviéndose en el underground o tratando de negociar en imprentas clandestinas para poder imprimir sus discos sin permiso; somos testigos del recorrido que realizan ambos muchachos tratando de visibilizar dentro de sus medios su música. Y es que más allá del atrevimiento de hacer la música que gustan y apostar por un futuro incierto; es el miedo constante a la policía, a ser capturado y castigado  el que da el tono al documental.

Una situación que ve su punto de escape con la posibilidad de participar de un festival en Suiza. Una vía de salida que cambiará el paradigma de ambos protagonistas y los situará en esa coyuntura de tratar de emigrar de su país aun sin la certeza de poder asentarse.

En resumen, se puede empatizar o no con la estética sonora de Blade & Beard (nombre del dúo) no obstante el trasfondo social que se mueve detrás, entre la libertad de expresar y la incertidumbre del futuro, le dan un backup sumamente potente a la cinta.

Breaking a Monster
Luke Meyer | 2015 | Estados Unidos | 92’

Discernir que se nos quiere contar, que se nos vela y que es realmente autentico en un documental es -a grandes rasgos- una de las muchas aristas desde las que podemos abordar la apreciación de una obra. En algunos se vuelve mucha más clara esta cualidad, así como en otros está mucho más encriptada.

En el caso de ‘Breaking a Monster’ una cinta que busca documentar los inicios de “Unlocking The Truth”, una boyband enfocada al metal, salvo por leves matices parece mucho más la promoción de una marca como tal, siendo excesivamente amable por quienes impulsan la carrera de estos niños, que una fotografía creíble de la angustia por el éxito que se entrevé en algunos pasajes.

Y es que pese a esta capa de visible consideración para con algunos personajes importantes de la cinta, como el manager por ejemplo, de forma algo floja, y bajo ningún punto como foco central, hace notar el difícil camino que toman niños que deben firmar contratos que no entienden, que anhelan jugar para escapar un rato de las agendas en las que se ven insertos producto de la repentina fama, así como las prohibiciones que conlleva una marcialidad inherente al profesionalismo.


Como total consigue definir los anhelos y miedos de sus miembros, sin más la escena en que uno de los niños ve un video en Youtube donde critican abiertamente a su banda y él asume que han sido fichados por una discográfica por ser niños y además por poseer piel de color, y aun con todo ello decide continuar porque está haciendo lo que él siempre soñó, debe ser el momento central de todo el recorrido. No obstante y aun con ello, todo lo que rodea a los protagonistas es dibujado con un cariz excesivamente extraño y edulcorado que, como mínimo, hace dudar de su veracidad.

Inedit Néscafé 2016 I : ‘Supersonic Attitude’


En su 13va  versión el festival de cine y documental Inedit Nescafé está centrando su contenido principalmente en los 40 años del punk, como en una competencia internacional diversa. En esta ocasión reseñamos cuatro obras que se encuentran en exhibición. Desde documentales que recogen periodos específicos en la historia de 2 grandes bandas inglesas como Blur y Oasís a un documental que data de 1974 pero que recién se vio publicado este año tras la muerte de su protagonista. Además claro está el documental de Don Letts que de alguna manera aglutina el concepto de este año: La actitud Punk.

Punk Attitude

2005 | Don Letts | Inglaterra y EE.UU. | 90’

El punk es un género tan amplio y de bordes tan poco discernibles  que un documental que trate de abordarlo puede generar un poco de resquemor. Sobre todo cuando no se dedica a ser puntilloso o anclarse en una arista específica, si no que intenta abarcarlo en su totalidad. El documental en cuestión que ya cuenta con poco más de diez años de antigüedad, se lanza a ello. Por eso sitúa sus raíces desde la actitud de tipos como Chuck Berry, Elvis Presley o el mismo ímpetu de la Velvet Underground hasta llegar a mencionar sutilmente  a bandas como Green Day o Blink 182.

De hecho en la búsqueda de una definición que aglutine el movimiento -y para que nos quede claro desde un principio- lo demarcan como: cualquier persona o colectivo que se termina levantando contra lo establecido. Una determinación gruesa, algo tosca, pero que funciona.

De entrada sabemos que 90 minutos no dan para contar una historia tan extensa. Por ende se dedica a delinear más que a precisar. El desfile de bandas es apabullante: Blondie, The Screamers, Sex Pistols, The Ramones, Dead Kennedys , Black Flag, The Stooges, MC5 etc. Por ende nos paseamos por una línea de tiempo y una explicación sumamente didáctica de cada uno de ellos.

Innegable es también el peso de los entrevistados, que fueron protagonistas en la historia misma del punk. Aportando con anécdotas (que hay a raudales) y que ayuda a cimentar el flanco lúdico de la cinta. Henry Rollins sin ir más lejos, contribuye con varios comentarios sumamente lucidos.

Con todo ello es una pieza de celuloide que se explaya de forma amable y es pedagógica en todos los sentidos. Casi un tutorial para buscar los puntos de referencia en 40 años de historia, aun cuando los 10 años desde su estreno ya le pesan un poco. Al final del mismo aluden a la Internet como un fenómeno que posibilitaría una relación mucho más horizontal entre el poder y el ciudadano de a pie ( y bueno, ya sabemos como se terminó trivializando su uso).

Oasis: Supersonic

2016 | Mat Whitecross | Inglaterra | 122’

Acotarse a un espacio de tiempo escueto y sumamente bien definido le suma mucho a este documental. Y es que siendo claros, desde la partida sabemos que lo contado no es historia nueva: La formación de Oasis, la relación tempestuosa de los hermanos Gallagher, el éxito de ‘Definitely Maybe’ y ‘Whats the Story? (Morning glory)’, hasta llegar al mítico recital de Knebworth.

No hay sorpresas. Ya se ha visto.

No obstante es la forma en que es narrado, apoyándose en una dinámica visual atractiva y lúdica la que eleva este documental a cotas sumamente disfrutables. La narración casi en primera persona por parte de Noel y Liam. Entrevistas a su madre y cercanos, a la vez que una exposición eficiente de los hechos, mitos y demases en que tuvo parte el grupo durante el periodo de 1991 a 1995 le dan un aire encantador que vuelve irrefutable la solidez de su propuesta.

No hay muchas entrevistas o material de archivo sin procesar. Siempre hay algo más, un retocado y preocupación gráfica por lo que se cuenta y como se cuenta. Se refleja la época de mayor soberbia de la banda, así como sus conflictos o las salidas poco pulcras de algunos miembros (Sí, nos referimos Tony McCarroll).

No hay complacencia, ni satanización. Solo la historia de como dos hermanos de la zona industrial de Manchester sin mucho futuro por delante triunfaron, se hicieron superestrellas y marcaron hitos dentro de la industria musical británica y mundial. Pero aun así jamás pudieron escapar de la violencia implícita de las carencias y el abandono fraterno de la infancia.

Blur: New World Towers

2015 | Sam Wrench | Inglaterra | 93’

Redención. Así definiría de primeras esta cinta que se centra en la grabación del último disco de Blur (The ‘Magic Whip, 2015). Tuvieron que pasar 12 años para tener nuevo material del grupo y la historia del mismo es a partes iguales interesante y accidental.

Varados en Hong Kong durante su gira de reunión decidieron tontear un poco en los estudios, desde donde posteriormente saldría el disco. Y la cinta no miente sobre ello. Todo resulta algo azaroso. No hay grandes planes a largo plazo. Todo se ve apostado en el ahora y entiende que la relación entre los integrantes de la banda es delicado.

Las relaciones y el interés se muestran como un fino hilo que se mantiene firme, no obstante es consciente de su vulnerabilidad. Particularmente quien más toma protagonismo es Graham Coxon, principal artífice del octavo disco de la banda de Colchester, es quien de alguna manera toma la dirección en la post producción, guiando más no controlando. Y al mismo tiempo, como él mismo explica, sin cambiar demasiado la esencia tosca que se dieron en las fortuitas sesiones.

Se nota se divierten juntos otra vez. Se nota hay unos votos renovados desde su reciente reunión, pero pese a ello son conscientes que esto durara de forma natural lo que corresponda. Nada es para siempre dice Damon Albarn, y por ello es que este registro, así como su contraparte musical, se vuelven muestras de un instante en que las luces de neón imperantes y la soledad propia de estar estancados, aun cuando fuera por poco tiempo, en un país donde no compartes el lenguaje, a la vez que todo parece grandes construcciones superpuestas de espacios claustrofóbicos, es que el tono y el ánimo del documental quedan transmitidos claramente.

A Poem Is A Naked Person

Les Blank | 1974 | EE.UU. | 90’

No sé si cabe dentro de los parámetros de un documental propiamente tal. O es que es una inmersión en ‘La Corriente de la Conciencia’ de su protagonista: Leon Russell.

Acompañante de varios músicos populares durante el siglo XX lo que veremos durante la hora y media de duración de este documental no es una historia o un relato lineal. Son más bien imágenes aleatorias que tratan de diseminar por aquí o por allá una atmosfera que es difícil de seguir o distinguir. Ejemplifiquemos:

En una escena podemos pasar de una conversación en un estudio (recordemos que estas grabaciones datan del periodo de 1972 a 1974 y que fueron recién publicadas este año)  a un narrador hablando del consumismo mientras en pantalla se observa el proceso completo de una serpiente devorando una cría de pollo. O un tipo bebiendo cerveza para luego comerse el vaso de vidrio. O personas que recolectan trozos de edificios recién demolidos. Nada muy musical.

Se entiende que se busca contextualizar con el poblado propiamente tal, y como este forma parte intrínseca de la música de Russell, no obstante todo es sumamente poco gentil, y si bien la musicalización entre country y la mística del ‘bayou’ logran armar una atmósfera; como recorrido es aburrido, algo chocante e innecesario.

A veces la tosquedad suma, otras tantas –como en este caso- otro tipo de edición le hubiese hecho ganar interés.