Mostrando entradas con la etiqueta Musica. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Musica. Mostrar todas las entradas

Niños del Cerro - Lance (2018)



Hay cierta belleza en la fractura. No es tan visible ni evidente como la que usualmente se puede encontrar en los remansos o en la observación de una escena a la que nos acostumbramos. Y es que el desafío de poder encontrar méritos en los quiebres de un soporte no es un camino exento de espinas. Más efectivamente puede ser uno bastante interesante que recorrer.
“Qué hacer si nada me parece bien/ si nada parece estar de acuerdo con lo que creo yo”
Esa línea de ‘Sufre’, la canción que abre “Lance” el esperado segundo disco de Niños del Cerro, puede parecer una guía al momento de decodificar las rutas que toma la estética del grupo. No obstante si lo que se busca es entender la sonoridad del elepé será la canción ‘Lance’ a la que debemos acudir: una colisión premeditada entre melodías y jams que no solo desafía a quien las ejecuta sino que también a un escucha que debe abandonar la sutileza a la que nos acostumbramos en esa alegoría periférica que era “Nonato Coo” (2015), para adentrarse de lleno en una tormenta desordenada que colisiona a cada segundo, extendiéndose y con más de un cambio abrupto.
Discos sobre rupturas y fines de etapas hay cientos y cada cual consigue encontrar una forma que le sea propia para contar su proceso. Sin recurrir a recursos ajenos el hilado sonoro se vuelve bastante distintivo acá. Las melodías son potentes y a la vez te enrielan con facilidad -al menos la suficiente- para que la sacudida de la batería/guitarra no sea tan radical como para perder el rumbo. Y es que hay mucho de ello. Un ciclo extendido entre reposo y exaltación, sosiego y derrumbe. No son tiempos para anidarse en una sensación dominante. Virar a cada rato parece ser el norte y la única solución con la que pudieron dar en esta pasada.
La melancolía, muchas veces romantizada y suavizada, aparece retratada como un dolor de espalda, como una incomodidad que busca ser asimilada por lo que es al final: un ruido constante que se estrella y rehace la idea romántica del final. Si bien ‘Las distancias’, con la compañía de Martina Lluvias, no deja de ser dolorosa se parece más a lo primero musicalmente, pero en el apartado lirico si es mucho más pesimista:
“Tarde me senté a ver (sólo a ver)/la diferencia entre (hoy y ayer) y comprender (lo que fue)/ haber culpado de todo a las distancias.”
‘Contigo’ fue el auspicioso primer adelanto pero que una vez entremezclado con otras canciones parece más un vestigio del ánimo imperante de “Nonato Coo”. Podría ser un nexo, pero está más imbuido de la urgencia del debut. No así ‘Flores, labios, dedos’ que por forma parece mucho mejor acoplado (y de hecho tiene una batería tremenda de José Mazurett). Por colaboraciones tampoco se queda atrás. ‘El sueño pesa’, con Chini Ayarza, suena tan bien como se intuye en el papel y algunas piruetas sonoras del final que enriquecen los ribetes que pueden alcanzar las composiciones.
De hecho el mismo cierre con ‘Melisa/Toronjil’ (que no puedo eludir que me termine evocando al “Parsley, Sage, Rosemary and Thyme” de Simon & Garfunkel aunque sea por nombre) despliega esa animosidad que se venía describiendo más arriba, aunque en esta pasada musicalmente es más distintivo la ejecución de cada miembro de la banda.
“Vamos a sanarnos de verdad si dejamos pasar días infinitos de abrazar la pena que nos da”
Resumiendo, de alguna manera sin ser compacto como su predecesor, “Lance” no teme abrazar sus pesares y sonar desde la fractura misma, o citando las palabras del mismísimo Simón Campusano, no deja en ningún instante que el susto se trasforme en miedo.
Las oportunidades que ofrecen las crisis nunca parecieron mejor aprovechadas, así como tampoco faltó el coraje para sortearlas.

Radiohead: Los soñadores nunca aprenden


Festival SUE: Radiohead + Flying Lotus + Follakzoid
Miércoles 11 de abril, Estadio Nacional
Produce: DG Medios
La primera frase de ‘Daydreaming’ comienza con algo así. Con esa especie de mensaje críptico, como entre lo onírico y un sacudón más sarcástico. Nueve años es demasiado tiempo. Al menos el suficiente para que la banda de Oxford sacara dos discos y recorriese el mundo otras cuantas. Que el efecto del ‘pay what you want’ de “In Rainbows” dejase de ser una novedad o que –también hay que dejar de ser condescendiente en algunos puntos- el grupo dejase de innovar hacia afuera para indagar hacia dentro. Armar trabajos que parecen más una reformulación de si mismos, con tendencias menos concretas y mucho más difusas.
Muchas variables, es cierto, pero dentro de todo ese vendaval también es cierto que se pueden encontrar muchas constantes. Y de todas ellas la apuesta en vivo es la que ha de ser la más prolija. Prolija, palabra siútica, pero no encuentro ninguna que le haga justicia al armatoste que es capaz de poner en marcha Yorke, los hermanos Greenwood, O’Brien, Selway (más algunos músicos extra) en el escenario.
Desde los colores, las luces, todo parecen esquirlas de un plan mayor. O una puesta en escena que sirve de puente entre un público que ya viene con una idea de lo que puede pasar, más como se interpreta de la misma letra de ‘Nude’: no necesariamente porque sepamos lo que encontraremos, lo podremos llegar a tener.
En líneas generales los setlist de Radiohead tienden a ser caóticos. Ya sea por la extensión de su discografía, porque no gustan de repetirse, etc. Tienden a darle prioridad al disco que promocionan (“A Shaped Pool”, en este caso) más no olvidando el grueso de su catálogo. Sin embargo, esto último tiende a ser más moderado, midiendo la cantidad de hits que entregan en cada pasada.
Ayer no fue el caso.
Ayer pasaron como si nada ‘Fake Plastic Trees’, ‘Let Down’, ‘Karma Police’,’Exit Music (For a film)’, ‘Paranoid Android’, ‘Street Spirit (Fade Out)’ o la poderosa ‘The Bends’. Sin escatimar. En total 26 temas en casi dos horas y media de show. Ni el cielo amenazante de un otoño que se niega a comenzar, ni una lluvia que jamás llegó, sorprendieron más que esta dadivosidad. Sorpresas, pero de las buenas.
Remarcables también resultan esos guiños a “Hail to the Thief” e “In Rainbows” añadiendo varias de sus composiciones en el concierto: la mutante ‘Myxomatosis’ y ‘Where I End And You Begin’, la cristalina y rítmica ‘Weird Fishes/ Arpeggi’, la incendiaria ‘2 + 2= 5’ cuya letra sigue estando tristemente vigente, la catártica ‘Bodysnatchers’ o bien la introspección de ‘All I Need’ (con un divertido comienzo). Una presencia que solo contribuyó a una pega que parece hecha de antemano pero que necesita ser ejecutada. Y esa parte, Radiohead la hizo particularmente bien.
Postales para el futuro: la risa maquiavélica de Yorke, un O’Brien sonriendo constantemente o Jonny Greenwood tocando en su propia dimensión. Como todos los genios hacen, a veces olvidamos que hace menos de dos meses estuvo nominado a un Oscar por la tremenda banda sonora de “Phantom Thread” (ese es su espectro, uno demasiado amplio para siquiera conmensurarlo). Pero por sobre todo la cara de un público que tal vez como nunca se vio metido dentro de esa frase insigne de ‘Street Spirit (Fade Out)’: “Inmerse your soul in Love” .
Ayer hubo mucho de eso. O al menos lo suficiente como para esperar otros 9 años. O los que sean necesarios.

Niña Tormenta – Loza (2017)


Hay un mérito silencioso en conseguir que un conjunto de canciones remonten a tiempos que ya fueron. Esos días que se tornan borrosos y vuelven como pequeños calambres del tiempo a nuestra memoria. Onces veraniegas mirando en un plato un barco quieto en un lago, mientras un castillo azul (de esos que parecen irreales) custodia todo el paisaje.
Y es que la configuración de este disco no solo apuesta visiblemente por el lado gráfico, sino que la forma -tanto musical como lírica- de sus canciones se acoplan con ello. Melodías calmas, letras amasadas con la firmeza de una alfarería musical. Un cruce entre un folclor con ukelele y una experimentación sutil.
“Que un disco haya sido grabado en invierno no impide que suene aún más grande en primavera. Sobre todo cuando sus canciones también cruzan campantes lo que hemos aprendido a nombrar. Como el ángel que te sopla de qué están hechos los demonios, como el solo de bajo techo que risueño percute otro jueves de lluvia.”
Con esas palabras el disco fue presentado en su página de descarga, y probablemente, no haya una definición mejor para el mismo. Y es que siendo un elemento común en varias de las canciones (como en ‘Que entre el frío’ o ‘Va a llover el domingo’ por ejemplo) aun poseyendo tintes estacionales; la forma de las composiciones –esa rítmica hipnótica- le dotan de una ligereza sumamente rica.
‘Clase M’ o ‘Edificios nuevos’ tienen esa clave. Una llavecita que parece dilucidar pistas que jamás se escondieron. Y es que engañosamente “Loza” parece ser rústica siendo realmente todo lo contrario, producto de su grabación minuciosa.  El no tener grandes pretensiones en la ejecución no la hace para nada una entrega desprolija. Por el contrario: el sonido y las mezclas relucen por su limpieza.
‘Lozapenco’ por otro lado, no solo llama la atención por ser el eje en el cual orbita el sentido del resto del álbum, al asimilar las gráficas de las tazas y platos populares en los hogares de Chile entre las décadas del 80 y el 9;, musicalmente también lo expone de forma clara: la simplicidad no tiene para qué sonar desparramada. Acá esto es explícito.
‘Al mar fui por naranjas’ es una canción tradicional chilena recopilada por Héctor Pavez, que se acopla bastante bien en el sentido general del disco, al punto de camuflarse como si nada con el resto del recorrido. Un camino que incluye colaboraciones de gente como Juan Manuel Daza o el mismo Diego Lorenzini, que el año pasado también sacó un disco que no puedo evitar pensar que guarda similitud con este.
Son álbumes que encierran canciones provenientes de un universo donde se dibujan parajes anacrónicos en los que el folk tradicional parece navegar sin brújula entre tiempos perdidos y un futuro menos análogo. Es esa indefinición la que tal vez lo hace más interesante para dejarse llevar por la suave repetición. Un disco bonito. No lo dejemos pasar como si nada.

Slowdive – Slowdive (2017)


Hablar de legado es complicado. No solo porque implica concordar en que se concibe como tal y cual es su envergadura, sino también porque muchas veces se extiende como una sombra sobre cualquier retazo que quiera florecer y expandirse fuera de esa capa enorme que se malentiende como “herencia” y termina anclando más que sirviendo de propulsión a lo nuevo.
Sumemos además que los días en esta era de la sobreinformación parecen ir demasiado rápido, tanto para foráneos como para nativos de internet. 22 años en estos tiempos no solo significan cambios en los paradigmas en que se desenvuelve todo, sino que es una cantidad tan apabullante de tiempo que perfectamente pueden significar el auge y caída de al menos media docena de bandas.
Por ello, no es menor lo que simboliza el regreso de Slowdive tras tanta agua bajo el puente. Una apuesta que podría haber resultado en un retorno de capa caída o que simplemente pudo pasar a sumar otro archivo más a esa enorme carpeta de bandas que decidieron crear nuevamente y adaptaron su sonido a los tiempos que pasaban con -spoiler- resultados pobres.
Esto es más cercano, tanto por estética como por misticismo, a lo que hizo My Bloody Valentine el 2013 con “MBV”. Una continuación natural de lo previo, pero al mismo tiempo añadiendo matices que justifican una entrega nueva.
Se tiende a pensar que necesitamos remakes de todo, que deberíamos tener canciones nuevas de bandas emblemáticas y -que de alguna manera- nos las deben. Pero no es así. No concuerdo con ello, tanto en ésta como en otras áreas. En el cine, por ejemplo, esta ola de rehacer continuamente buques insignes está provocando una falta de creatividad alarmante y una obsesión con la retromanía que parece no tener fin. En el caso de la música es agradable que bandas como Slowdive consigan resignificar su obra mediante la entrega de canciones que se mantengan a flote por si mismas y no se sienta como un pie forzado en que el resultado es producto más de una obligación que de la inspiración propiamente tal.
Piezas con voz propia como ‘Slomo’ y ‘Star Roving’ representan una de las cosas bonitas que implica escuchar asiduamente música. Una interacción prístina que te hunde inmediatamente en el cosmos de la banda, en lo que tienen para presentar ahora y porque- en este caso- si está justificado el que te tomen de la mano en éste nuevo viaje sónico.
Es destacable que las voces de Neil Halstead y Rachel Goswell se adapten a su condición actual, minimizando sus intervenciones para hacerlas mucho más notorias y tomando los años como una enseñanza que se debe plasmar en las canciones. ‘Sugar for the pill’ y la fantasmagórica ‘No longer making time’ hablan de ello: de que las guitarras también tienen memoria y no han perdido un ápice de emoción.
Y si nos vamos al final que está a cargo del elegante piano de ‘Falling Ashes’, notaremos que es de los pocos momentos donde todo se vuelve más pesaroso y sin esa búsqueda sonora de luminosidad como lo es el resto del álbum, pareciendo más concebida como un cierre crepuscular aun cuando su letra nos recalque una y otra vez que antes que todo termine se está continuamente pensando en amor. Y pensar sobre el amor siempre será una causa de peso, sea cual sea la concepción que tengamos del mismo.
No puedo evitar pensar que este álbum es un poco sobre eso: el volver, el amor y sobretodo como los años dan, quitan y devuelven cosas.

Fleet Foxes – Crack Up (2017)


La música de Fleet Foxes siempre sonó sumamente introspectiva, más allá de su inequívoco espíritu bucólico con tendencias barrocas. Discos como “Fleet Foxes” (2008) y “Helplessness Blues” (2011) tendían a la evocación por medio de su abundancia sonora: el invierno, el sonido de guitarras que parecen empapadas de lluvia o ese halo de vapor cuando toda la atmósfera ya es demasiado fría. Lugares comunes, claro que sí, sin embargo evocados como nunca.
Todo eso se puede todavía oír en la música de estos muchachos tras un hiatus no menor de seis años. Esa necesidad de poder palpar el sol cuando todo está demasiado nebuloso sigue ahí presente en “Crack Up”, el nuevo disco de la banda, lo cual es bueno pero trae consigo inherentemente una pregunta que es necesario hacerse: ¿Es realmente bueno que el tiempo en la música de los Fleet Foxes pareciese no haber hecho el más mínimo efecto?
Casos contrarios hay muchísimos. Los mismos Slowdive, que hace poco retornaron a la carretera discográfica tras un silencio mucho mayor, trajeron consigo un sonido que suena inapelablemente fresco. Con Fleet Foxes no se puede decir lo mismo.
No es que se pueda negar la belleza de piezas como ‘I am all that i need/Arroyo Seco/Thumbprint Scar’ o el mismo single ‘Third of May/Ōdaigahara’. De hecho, son canciones preciosísimas, llenas de vaivenes que invitan a la inmersión continuamente. Pero “Crack Up” de alguna manera se siente como ir a pasear a un lugar lindo pero al que ya habíamos venido demasiadas veces. Y es que la recurrencia con que acudimos a sus dos discos previos, además de a su EP, tal vez avivó cierta expectativa que nos hizo soñar despiertos que cuando nos volviesen a guiar a su imaginario habría una sonoridad totalmente nueva.
Y está bien, tiene variaciones –duraciones más extensas y menos ganchos melódicos- pero no alcanza a ser lo suficientemente significativo como para catalogarlo de retroceso u avance. “Crack Up” es un momento congelado en el tiempo.
Y bueno, tras esa ligera queja solo queda catalogar todo lo bueno que tiene para ofrecer, que digámoslo, parte desde una cuidada portada como es habitual en la banda de Seattle.
“Mute at midnight she might look like the answer” dice una de las frases de ‘I am all that i need’; una tendencia lírica que está más que presente en el resto del álbum. Si bien los cambios no son tan visibles en cuanto a lo musical a primeras oídas, otros recovecos poseen muchas de estas enigmáticas vueltas. Era casi imposible que la vida de Pecknold en New York y los cambios e incertidumbres que tuvo que afrontar en ese tiempo no se terminaran permeando en su obra actual.
‘Cassius’, por otro lado, tiene una evocación mucho más compleja, no siendo amable en su composición que parece entremezclar demasiado, volviéndose una pieza esquizofrénica pero no por ello menos magnética. Además de tener uno de los versos más duros de Pecknold, que se siente como un choque a toda velocidad contra un muro de realidad: “The song of masses, passing outside, all inciting the fifth of July. When guns for hire open fire, blind against the dawn. When the knights in iron took the pawn. You and I, out into the night held within the line that they’ve drawn”.
El oír al completo el disco le brinda un sentido nuevo a ‘Third of May’, que sale ganando y transformándose en un eje en este mar de pocas certidumbres. Y en uno de los pocos momentos genuinamente gancheros, además. De hecho, el otro single (‘Fool’s Errand’) no suena ni la mitad de urgente que este.
Muchas canciones, como ‘On another ocean (January/June)’, responden a la lógica de que quien quiera maravillarse tiene que adentrarse en ellas. No son fáciles, a veces un poco áridas, pero tienen mucho que dar. No por sentirse algo rutinario o ya visto, no tiene mucho para ofrecer. Ya lo hizo Jim Jarmusch en ese tremendo film que es “Paterson” (2016) donde asistimos a la vida diaria por siete días de un conductor de autobús quien encuentra en la poesía de su entorno y en su vida repetitiva una vía de escape. La salida de Pecknold –en este caso- son los Fleet Foxes, que para bien o mal retornaron con un disco que es necesario oír varias veces para ver si podemos sintonizar o no con él.
Afortunadamente estamos en la mejor época para ello, y entre el frío de esperar micros que no pasan nunca en un Santiago nublado, tal vez podamos descubrir (o perder) una que otra cosa con este folk enigmático y sobrecargado.

Inedit Néscafé 2016 II : ‘¿Qué pasaría mañana si la música desapareciese?’


En su 13va  versión el festival de cine y documental Inedit Nescafé trajo consigo, además de una predominancia del punk como tema central y varias cintas enfocadas en las biografías de músicos y bandas, una cantidad razonable de material de carácter más satelital que tienen relación con la música, pero su enfoque revisa aristas menos visibles poniendo el foco en la historia que se cuenta por sobre la predominancia del nombre de un grupo; es en este nivel de la grilla dónde nos topamos con cintas atractivas como ‘I Am Thor (2015)’ o ‘Sonita (2015)’ y donde generalmente está lo más llamativo del festival, consiguiendo traer piezas de difícil acceso, incluso en la era del internet, para el público en general.

Lamentablemente la cantidad de pases que tiene cada película muchas veces hace difícil congeniar los tiempos y quizás varias de estas cintas podrían haber tenido una mayor repercusión al tener aunque fuese una o dos pasadas más. Más allá de ello, y como se decía más arriba, la tesis, el mensaje o el hilo conductor que nos plantean puede llegar a ser mucho más que interesante.

Imagine waking up tomorrow and all music has disappeared
Stefan Schwietert | 2015 | Alemania | 83’

Bill Drummond es una especie de activista contracultural que con un pasado muy singular (tuvo una banda pop (The KLF) de la cual hizo desaparecer cualquier vestigio y registro de su música, así como también generó revuelo por quemar un millón de libras en billetes) en este documental trata de llevar a cabo un experimento musical en el cual nos plantea, como espectadores, la siguiente pregunta: ¿Qué pasaría si mañana despertásemos y toda la música que conocemos hubiese desaparecido?
Ya no solo hablando de grabaciones, sino también de los instrumentos con que eran tocadas, todo rastro, volver a un punto muerto en la historia donde no existe la música como la conocemos hoy. No obstante lo que busca plantear va más allá de lo situacional, sino que va de reimaginar las capacidades de las personas para poder crear.

Es por ello que se embarca por todo Gran Bretaña y parte de Europa en su proyecto titulado The 17. El cual ocupa a personas comunes y corrientes: obreros, trabajadoras de fábricas, monjas, taxistas etc, para que emitan una melodía, sonido, etc para que posteriormente él los reúna en una sola gran pieza musical.

Eso sí, limita la escucha de la pieza terminada solamente a las personas que participaron como parte del proyecto interpretando sonidos. Se asume por ende, en el documental veremos como va reuniendo las interpretaciones- hay una escena en Berlín particularmente bella donde se coordina un efecto surround alrededor de una plaza con la colaboración de muchos transeúntes - más nunca escucharemos el resultado final.

En definitiva una de esas cintas que es toda una experiencia ver, más allá de cierto pasaje interactivo con la audiencia de la sala, y que realmente consigue generar la inquietud en el espectador si realmente tener todo a mano, no estará menoscabando nuestra capacidad creativa como sociedad.

Raving Iran
2016 | Sue Meures | Suiza | 84’

El florecer de la música en parajes tan inhóspitos como los lugares donde los quiebres sociales, políticos y culturales luchan más bien por una sobreposición obligatoria, que por el natural fluir de la misma, lucen muchas veces como muros inescrutables que impiden cualquier atisbo de libertad. Es interesante por ello mismo el relato que cuentan Anoosh y Arash, dos Djs que habitan en Teherán y tratan de hacer llegar sus sonidos enfocados en el house, hacia la masividad, aun teniendo en contra todo un sistema prohibitivo.

Y es que durante el documental vemos donde han sido confinados. Ya no porque sea una música irreverente o política (en varios pasajes aluden a que no hacen música política) si no que el material que producen conlleva cierta occidentalidad que debe ser reproducida en los márgenes conceptuales y literales de la cultura iraní.

Fiestas clandestinas en el desierto, moviéndose en el underground o tratando de negociar en imprentas clandestinas para poder imprimir sus discos sin permiso; somos testigos del recorrido que realizan ambos muchachos tratando de visibilizar dentro de sus medios su música. Y es que más allá del atrevimiento de hacer la música que gustan y apostar por un futuro incierto; es el miedo constante a la policía, a ser capturado y castigado  el que da el tono al documental.

Una situación que ve su punto de escape con la posibilidad de participar de un festival en Suiza. Una vía de salida que cambiará el paradigma de ambos protagonistas y los situará en esa coyuntura de tratar de emigrar de su país aun sin la certeza de poder asentarse.

En resumen, se puede empatizar o no con la estética sonora de Blade & Beard (nombre del dúo) no obstante el trasfondo social que se mueve detrás, entre la libertad de expresar y la incertidumbre del futuro, le dan un backup sumamente potente a la cinta.

Breaking a Monster
Luke Meyer | 2015 | Estados Unidos | 92’

Discernir que se nos quiere contar, que se nos vela y que es realmente autentico en un documental es -a grandes rasgos- una de las muchas aristas desde las que podemos abordar la apreciación de una obra. En algunos se vuelve mucha más clara esta cualidad, así como en otros está mucho más encriptada.

En el caso de ‘Breaking a Monster’ una cinta que busca documentar los inicios de “Unlocking The Truth”, una boyband enfocada al metal, salvo por leves matices parece mucho más la promoción de una marca como tal, siendo excesivamente amable por quienes impulsan la carrera de estos niños, que una fotografía creíble de la angustia por el éxito que se entrevé en algunos pasajes.

Y es que pese a esta capa de visible consideración para con algunos personajes importantes de la cinta, como el manager por ejemplo, de forma algo floja, y bajo ningún punto como foco central, hace notar el difícil camino que toman niños que deben firmar contratos que no entienden, que anhelan jugar para escapar un rato de las agendas en las que se ven insertos producto de la repentina fama, así como las prohibiciones que conlleva una marcialidad inherente al profesionalismo.


Como total consigue definir los anhelos y miedos de sus miembros, sin más la escena en que uno de los niños ve un video en Youtube donde critican abiertamente a su banda y él asume que han sido fichados por una discográfica por ser niños y además por poseer piel de color, y aun con todo ello decide continuar porque está haciendo lo que él siempre soñó, debe ser el momento central de todo el recorrido. No obstante y aun con ello, todo lo que rodea a los protagonistas es dibujado con un cariz excesivamente extraño y edulcorado que, como mínimo, hace dudar de su veracidad.

ECSDLQHP - Run Run (2016)




El año pasado se habló mucho de la emergencia de una nueva camada que como una fuerza natural buscó llenar espacios que se creían desiertos, o bien y me parece mucho más correcto su uso, crearon sitiales propios desde los cuales abalanzarse y tomar el liderato sobre cómo  y qué querían crear.

‘El Cómodo Silencio De Los Que Hablan Poco’ -banda de largo título- forma parte esencial de esa fuerza, que ya más que demostrada su importancia, parece empezar a inclinarse hacia una nueva etapa. Con varias agrupaciones ya cerrando el proceso del lanzamiento de su primer disco y lanzado puentes hacia lo que sigue en el camino, este ‘Run Run’ parece llegar a marcar de cierto modo el instante en que un movimiento se encuentra: Ese de materializar las canciones e ir incrementando el alcance tanto público como sonoro para pasar a lo siguiente.

Teníamos precedentes con ‘Tiempos Bajo el Sol’ canción incluida en el Compilado 2015 del Sello Piloto, más faltaba darle contextualización a la misma y de alguna manera este primer disco consigue hacerlo. Aun cuando en su mayoría pareciese homogeneizar la instrumentación por sobre los minutos cantados, que son como islas dentro del disco, el trabajo al completo es una mezcla que saca brillo a lo más melancólico del emo, a las melodías instrumentales y a poco disimulados coqueteos con el folk nacional.

Como conjunto suena poderoso más no desbandándose ni envaneciendo en vueltas que ricen el rizo, es equilibrado, y es raro poder hacer uso del adjetivo a diestra y siniestra, no obstante lo logrado por Mono Azul, Yaney Salgado,Franco Perucca, Sergio Barrales y Matías Manriquez consigue calificar para ello. ¿Pruebas? La tristeza de ‘Jardín’ la nitidez de ‘5’ y la bellísima ‘Caroline’. Ocupan su espacio. Ocupan su lugar. Reflejan toda la calidez que una canción bonita debiese proyectar.

Y aun cuando individualmente los resultados son obviamente buenos, no le hace el quite a la responsabilidad que conlleva el dar identidad a un disco. No se escuda en el protagonismo que pueda tener X canción por sobre el de Y canción. La narración de ‘Run Run’ es fluida y como pocas veces consigue dar esa experiencia de escuchar los discos de corrido. Revisitando un rito que tal vez se ve algo medrado por como consumimos música hoy en día, pero que una obra como esta, me parece sumamente útil a la hora de reposicionar ese viejo habito de escuchar canciones en el orden que su autor dispuso y llenar con música estos incipientes días bajo el sol.

Diego Lorenzini – Pino (2016)



“Pino” de Diego Lorenzini, miembro de Tus Amigos Nuevos y Varios Artistas, es un disco de 18 canciones y poco más de una hora de duración. Una extensión y cantidad de temas bastante abultada, sin duda, pero que contrario a lo que se pudiese inferir logra hacer un buen uso de ese tiempo entregando una no despreciable variedad -así como pericia- a la hora de ejecutar sus canciones.

Y es que al momento de enumerar las características de cada track se podría deducir que las vertientes que se toman son muy dispares; desde grabaciones con la voz del hermano menor de Lorenzini (‘Corre Por Tu Vida’) y discursos de Raúl Ruiz (‘Cartoncito’), a ritmos tan distintos entre sí como la pegajosa‘Trovador Retrofuturista’ y la balada líricamente sincera ‘Más que Nunca’.

Y es que “Pino” por ratos parece un lego sónico, tomando colores y piezas por doquier. No obstante ese desorden no es tal. Su estructura minimalista (imposible no pensar lo contrario con una melodía tan pegajosa como ‘Tutorial’ y al mismo tiempo tan humilde en recursos) se percibe pensada así.

Más allá que el booklet diga cosas como “cuando estaba trabajando en el arte, el computador se me apagó y solo me quedó esto”, la alternancia del tracklist nos dice lo contrario; pasando de la coreable‘Tutorial’ a la interesante ‘Tentempié Nocturno Maulino’, para llegar a un potencial hit como lo es ‘Sexo Amateur’ y luego continuar con esa rareza que es ‘Corre Por Tu Vida’ y así pasar al siguiente acto del disco.


Y eso es bastante destacable, hay una estructura reconocible que invita a la experiencia de escuchar un disco. La maquinaria funciona como un todo, no obstante esto no coarta que haya cabida a highlights que generen reverberación (‘En Los Conejos’‘Sexo Amateur’‘Cuatro Estrellas’).

Otra característica destacable, además de está ambivalencia, y que consigue insuflar de alma al trabajo, es el apartado lírico. Lorenzini no escatima en chilenismos y frases reconocibles dentro de cualquier conversación informal a la hora de armar sus canciones. Digamos: “Para que tú cachís que soy bacán/El más pulento” , “Te voy a pagar en carne”. Frases que no suenan forzadas, pues comulgan bien con el resto de las letras y pese a que puedan a acotar su significancia netamente a nuestro territorio, al final –y por lejos lo más importante- suenan bien.

Aun con canciones que se titulen ‘Caca’ o ‘Caguémosnos de susto juntos’, “Pino” se toma en serio más de lo que parece. Una invitación abierta a retomar esa experiencia de viaje que generan los buenos discos, y este, sobretodo, puede resultar ser uno muy significativo.

Radiohead - A Moon Shaped Pool (2016)



Radiohead es como un gigante dormido. Uno que puede pasar inadvertido por años, pero que sigue ahí y tiene un catálogo inmenso al que recurrir y el cual le dota de la ventaja de no tener que generar tanto revuelo para mantenerse en el inconsciente colectivo.

Es sin embargo esto lo que genera una avalancha de expectación al mínimo movimiento que haga, como desaparecer de Facebook por instantes, o luego ir soltando fragmentos de videos por sus reactivadas redes sociales. Se convierte finalmente en eso: una advertencia que algo se está agitando.

Parecen meros movimientos estratégicos, pero es tal la magnitud del nombre que termina generando lo obvio: especulaciones, expectación, opiniones desmedidas etc. Teniendo al final la respuesta más elemental posible; pequeños retazos sobre un nuevo lanzamiento que no necesitaba de esta maquinaria de especulación para legitimarse. Porque siendo justos, el juego parte desde el grupo, apostando por la ansiedad, no obstante, quienes deciden entrar y dejarse llevar por las pistas son –al final- los propios escuchas.

Muchas veces esta “era sobre-conectada” termina pasando la cuenta como en este caso. El no tener tiempo para esperar, el requerir saber de inmediato que está pasando, descoloca. Y la maquinaria especulativa del grupo manejó esto y lo usó en maniobras no sé si cuestionables, pero sí interesantes de observar.

Y es que al final, como último rito de este juego de adivinanzas sólo queda el único resultado posible (y que importa): nuevas canciones. ¿Para eso era todo lo demás, no? Y en ese sentido, y afortunadamente, es un resultado bastante emocionante.

Radiohead parece olvidarse por un momento de los monstruos de los bosques de “The King Of Limbs” (2011) y deciden estirar sus ramitas en otra dirección. Y es que la carga sonora puede ser descodificada por varios lados. Más allá que el primer single, ‘Burn The Witch’, sea sumamente insinuante en su título, las influencias parecen venir directamente desde las vivencias acumuladas en dos de los integrantes fuertes del grupo: Thom Yorke, quien viene de un quiebre matrimonial de 23 años, y el productor Nigel Godrich, cuyo padre falleció. Ambas experiencias parecen permear en el álbum de forma sutil sin llegar a transformarlo en un “Blood On the Tracks” (1975) o un “Carrie & Lowell” (2015). Solo lo justo. Pistas líricas dispersadas entre tema y tema: “Dreamers/ They never learn/ Beyond the point of no return” canta un melancólico Yorke en ‘Daydreaming’, una pieza de seis minutos que además posee un video dirigido por el director Paul Thomas Anderson.

Jonny Greenwood se luce en trechos orquestales preciosos como ‘The Numbers’‘Tinker Tailor Soldier..’ y ‘Burn The Witch’. Esta connotación sónica se mimetiza con cierto grado de espiritualidad que se puede percibir en ‘Desert Island Disk’‘Decks Dark’ o ‘Present Tense’. Canciones aparentemente que cruzan de lo minimalista a lo orquestal buscando expresar más de lo que las primeras lecturas sugieren.

El disco, no obstante, carga con otro punto significativo: canciones que aparecen en este elepé pero que habían sido estrenadas hace tiempo en vivo , digamos desde el 2008 más menos, como ‘True Love Waits’ que registraba una versión en vivo en el EP " I Might Be Wrong: Live Recordings" de 2001. ¿Es esta versión mejor? Quizás la original tenía mucho más de orgánico producto de lo que la misma ejecución en vivo le sumaba, además de ser una pieza de tal antigüedad le hace cargar con una importante cuota de nostalgia, lo que podría haber sido subsanado incluyendo ‘Spectre’ en desmedro de esta. Probablemente un cierre más lógico.

‘Ful Stop’ e ‘Identikit’ logran escapar de esto, ya sea, porque su data no es tan antigua como la anterior, o bien porque la clave es distinta. Difícil superar la rítmica de la primera, que rememora inmediatamente al trabajo de Phil Selway y Colin Greenwod en “In Rainbows” (2007). O la segunda que se vierte sin ningún tapujo en guitarras mucho más agresivas y menos contenidas. Marcando ambas dos de los puntos más álgidos del álbum.

Ya para cerrar, hay un nuevo disco de Radiohead en las calles, o en la web, para ser más precisos, y aparentemente conseguirá consenso respecto a su calidad. Pero más allá de esto, siempre es bueno cuestionarse sobre la dirección que está tomando el grupo en la búsqueda de sitios no explorados con anterioridad. Y esa decisión se agradece. Ya sea con viejas canciones refaccionadas o quemando brujas, la música sigue fluyendo y -a pesar de todos estos años- sorprendiendo