Niña Tormenta – Loza (2017)


Hay un mérito silencioso en conseguir que un conjunto de canciones remonten a tiempos que ya fueron. Esos días que se tornan borrosos y vuelven como pequeños calambres del tiempo a nuestra memoria. Onces veraniegas mirando en un plato un barco quieto en un lago, mientras un castillo azul (de esos que parecen irreales) custodia todo el paisaje.
Y es que la configuración de este disco no solo apuesta visiblemente por el lado gráfico, sino que la forma -tanto musical como lírica- de sus canciones se acoplan con ello. Melodías calmas, letras amasadas con la firmeza de una alfarería musical. Un cruce entre un folclor con ukelele y una experimentación sutil.
“Que un disco haya sido grabado en invierno no impide que suene aún más grande en primavera. Sobre todo cuando sus canciones también cruzan campantes lo que hemos aprendido a nombrar. Como el ángel que te sopla de qué están hechos los demonios, como el solo de bajo techo que risueño percute otro jueves de lluvia.”
Con esas palabras el disco fue presentado en su página de descarga, y probablemente, no haya una definición mejor para el mismo. Y es que siendo un elemento común en varias de las canciones (como en ‘Que entre el frío’ o ‘Va a llover el domingo’ por ejemplo) aun poseyendo tintes estacionales; la forma de las composiciones –esa rítmica hipnótica- le dotan de una ligereza sumamente rica.
‘Clase M’ o ‘Edificios nuevos’ tienen esa clave. Una llavecita que parece dilucidar pistas que jamás se escondieron. Y es que engañosamente “Loza” parece ser rústica siendo realmente todo lo contrario, producto de su grabación minuciosa.  El no tener grandes pretensiones en la ejecución no la hace para nada una entrega desprolija. Por el contrario: el sonido y las mezclas relucen por su limpieza.
‘Lozapenco’ por otro lado, no solo llama la atención por ser el eje en el cual orbita el sentido del resto del álbum, al asimilar las gráficas de las tazas y platos populares en los hogares de Chile entre las décadas del 80 y el 9;, musicalmente también lo expone de forma clara: la simplicidad no tiene para qué sonar desparramada. Acá esto es explícito.
‘Al mar fui por naranjas’ es una canción tradicional chilena recopilada por Héctor Pavez, que se acopla bastante bien en el sentido general del disco, al punto de camuflarse como si nada con el resto del recorrido. Un camino que incluye colaboraciones de gente como Juan Manuel Daza o el mismo Diego Lorenzini, que el año pasado también sacó un disco que no puedo evitar pensar que guarda similitud con este.
Son álbumes que encierran canciones provenientes de un universo donde se dibujan parajes anacrónicos en los que el folk tradicional parece navegar sin brújula entre tiempos perdidos y un futuro menos análogo. Es esa indefinición la que tal vez lo hace más interesante para dejarse llevar por la suave repetición. Un disco bonito. No lo dejemos pasar como si nada.

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