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Nuestra parte de noche - Mariana Enriquez





 “-Lo que no entiendo -dijo Gaspar, es por qué de noche el cielo está oscuro, si con todas esas estrellas debería haber más luz.

-Eso hasta tiene un nombre: la paradoja de no sé quién, no recuerdo. Te estás haciendo una pregunta que no tiene respuesta todavía, me parece. O a lo mejor ya lo descubrieron y yo no lo sé. Hay algo llamado materia oscura, que empuja la estrellas, por eso están cada vez más lejos. Tres cuartas partes del universo son oscuridad. Hay mucha más oscuridad que luz sobre nosotros.”

La reinvención de géneros parece algo sumamente complejo a día de hoy. Las formas de contar historias -o los mismos formatos en que son consumidas- parecen seguir rutas dispares, ya sea en formatos que desafían a su espectador, tanto por contenido como por la forma en que son entregados (Black Mirror Bandersnatch o Midnight Gospel). O bien lo contrario, tratan de complacer en exceso al receptor final de estas y terminan entregando productos sin un sello reconocible, los cuales son difíciles de anclar en alguna categoría identitaria, o mejor dicho encontrar algo de contenido más allá de la forma. 

Derivando de esta dicotomía algunas cuestiones que pueden resultar muy interesantes, la primera y más importante es: ¿cómo deberían ser lo géneros en nuestros días? En temas literarios esto último está siendo abordado de una forma que resulta sumamente singular y con un sello que busca más el nicho que tocar teclas comunes. El contar desde sitios mínimos, y a la vez sumamente reconocibles tiñéndose de símbolos propios luce como un camino apropiado a seguir. Esto se puede constatar en productos  de ciencia ficción de exponentes como Cixin Liu, Ken Liu u otros. O narrar desde una mirada mucho más adusta, como lo hizo el británico/japonés Kazuo Ishiguro en ‘Nunca me abandones’.

Los géneros parecen converger en que contar desde lo local – o lo adusto- es una buena forma de alcanzar un acabado creíble en el que el lector siente que quien escribe está comprometido con lo narrado, buscando una inmersión hacia horizontes, no voy a decir inexplorados, más si teñidos lo suficiente desde lo propio como para lucir novedosos.

En el caso de Mariana Enriquez, la exhibición de un terror muy centrado en lo latinoamericano es el sello desde el cual se explaya, resultando muy reconocible -a la vez que para sorpresa de nadie- de una calidad robusta.

“Adela dijo después que lo peor habían sido los ruidos del final, esos ronquidos dolorosos, como gemidos de perro ¿así se muere la gente?, les preguntó, pero no supieron responderle.”


‘Nuestra parte de noche’ es una novela -la más extensa- de la escritora argentina, quien ya venía generando mucho ruido producto de sus cuentos que han sido recopilados desde hace un tiempo en colecciones como ‘Las cosas que perdimos en el fuego’, ‘Los peligros de fumar en la cama’ o ‘Cuando hablábamos con los muertos’ (editado por la editorial chilena Montacerdos, quienes también sacaron ‘Alguien camina sobre tu tumba’, un compendio de crónicas sobre los cementerios que ella ha visitado por el mundo). A su vez también ha sido editada una novela corta, ‘Este es el mar’ donde entre una mezcla de fantasía se dejan entrever otro de los grandes temas que la obsesionan: la música y la imagen del poeta maldito. La figura masculina estéticamente hermosa pero condenada a un destino trágico.

En esta novela – de más de 600 páginas– convergen con desparpajo todas las temáticas que parecen ocupar espacio en el interés de Enríquez , narrando inicialmente el viaje – o más bien una fuga- por la carretera de un padre y su hijo en plena dictadura, cuyo motivo nos es velado inicialmente más a medida que corren las hojas se nos irá diciendo de a poco y luego ya de formas más brutales el porqué.

 Es difícil desenredar una trama, que si bien no es para nada compleja, se va construyendo con saltos de tiempo que lentamente van encajando y situando el macro de la historia. Una que no escatima en elementos  donde una secta, la dictadura argentina, demonios e incluso David Bowie tienen cabida. Pero lo que puede resultar abrumador, está lejos de serlo. Hay personajes que son castigados de formas horrendas, y en líneas generales, casi ninguno de los involucrados consigue zafar de la brutalidad del mundo que los ve moverse.

Se le asocia un poco con ‘La Carretera’ de McCarthy, por el plot inicial, pero es solo su arranque, ya que va mucho más allá y es quizás en esa frontera donde el terror colinda con los miedos reales donde Enríquez consigue decantar mejor su narrativa. La relación de una familia aristocrática con la dictadura y como el poder detentado por ellos es ocupado en atrocidades que hielan la sangre. Pues más allá de sombras que pueden cercenar como si nada partes del cuerpo o casas que devoran niños, las desapariciones de personas, producto de regímenes militares siempre nos resultará como algo más material. Espantos que rodean por todas partes. 

“Los crímenes de la dictadura eran muy útiles para la Orden, proveían de cuerpos, de coartadas y de corrientes de dolor y miedo, emociones que resultaban útiles para manipular”

Hay mucho bagaje cultural que se va filtrando en alusiones, como el cuadro ‘Asalto de la tercera columna Argentina a Curupayti’ o gente cantando canciones de Violeta Parra, mientras que es la paternidad y la herencia de una vida maldita lo que mueve el relato.

El intento, nunca con demasiadas esperanzas, de un padre que intenta cerrar una grieta en la realidad por la cual se filtran una fuerza no necesariamente maligna más si inentendible para las personas, pues él ha sido el receptor de ella por mucho tiempo y quiere romper esa rueda para que quien le sucede no deba cargar con ese destino. Que no sea consumido. Que la ambición megalómana de unos pocos, la aristocracia cómo no, por esa necesidad de pervivir más allá de lo natural no termine por devorar lo poco bueno que le fue concedido. Aun cuando estas acciones estén lejos de convertirlo en un héroe ni lo priven de ser muchas veces cruel.

Vivir en latinoamérica puede ser horroroso muchas veces, quizás nunca tan terrible como lo que vive entre las hojas de ‘Nuestra parte de noche’, sin embargo la habilidad para mezclar terror de manual con simbolismos tan propios de este sitio tan al sur de todo, me parece necesario de leer, sobretodo si quien narra lo hace tan bien.

“La historia de la chica desaparecida sin brazo tenía algo tétrico, sí, y quizá por eso no le dieron impulso. Esas cosas pasan en el periodismo. La imaginación del público se enamora de ciertos horrores y es indiferente a otros.”


La Guerra de los Mundos - H.G. Wells




"Es posible que, en los más amplios diseños del universo, esta invasión resulte ser finalmente beneficiosa para los hombres. Nos ha arrebatado esa serena confianza en el futuro que es la fuente más segura de la decadencia."

Me demoré mucho en terminar este libro. Puede ser porque cuando lo inicié el mundo de afuera efectivamente se estaba derrumbando, y después se derrumbó el mío, pero eso es otra historia.

Me costó enganchar con la narrativa, igual hay que hacer evidente que es un libro de 1898 y más allá del trasfondo las formas muchas veces hacen que disocie y me termine perdiendo.

Más como toda obra de ciencia ficción la invasión, la tecnología, los marcianos y la masacre es solo el vehículo para hablar de otras cosas: la sociedad, la clase (siempre todo me lleva a las clases sociales). El protagonista es alguien acomodado (y de buena educación) y la mayor parte del tiempo con quienes interactúa son sus símiles o bien soldados. La variedad es escasa ¿Cómo enfrentaron los más desposeídos esta invasión? Me hubiese gustado saberlo. Siento que le habría dado una lectura mucho más terrible. No obstante, eso ya entra en los terrenos de lo que uno espera, por sobre lo que quiere señalar la obra.

¿Y qué señala?

No son los rayos calóricos que desintegran gente, no son los marcianos drenando sangre de las personas. Es el protagonista quien en la lógica del 'salvarse solo' que impera en las obras de apocalipsis en un momento de la historia empuja a un compañero demasiado ruidoso y desquiciado para que sea eliminado por los marcianos con el fin último de sobrevivir. Es la reducción del ser humano a lo más básico.

Igual siempre me pregunto si esa reducción siempre termina donde mismo ¿En el egoísmo más radical a lo que nos reducimos todos al final? ¿No hay más reacciones? Claro, hay cierta solidaridad por aquí y por allá (sobre todo en el trecho del hermano del protagonista), más lo imperante es lo otro. Me agobian un poco esas resoluciones.

Por otra parte, las escenas del humo negro me agradaron por el terror implícito de las mismas. El temor a algo que no entiendes ¿Hay algo más marciano que eso? Los diseños de máquinas futuristas para esa época también son sumamente imaginativos y me gustan bastante. Aparte la edición de Austral que leí venía con unas ilustraciones sumamente bonitas.

¿La resolución?

Me parece de toda lógica. La mayor parte del tiempo vemos la invasión relativamente velada, que la conclusión tenga esa misma aura vaga, pero practica no me parece descabellado. Además de ser una respuesta bastante sensata.

Es la reacción de la sociedad a un evento similar el que jamás tendrá la respuesta que esperaríamos

Chavs: La demonización de la clase obrera



Owen Jones es periodista y ha paseado su pluma por las redacciones de medios tan prestigiosos como la BBC y The Guardian. En Chavs, su estudio sobre la percepción de la clase obrera de Inglaterra presenta una tesis que justamente hoy, lo convierte en un imperdible de la lectura sociopolítica actual, en un mundo en donde el hyperneoliberalismo empieza a desmoronarse.
«En la Gran Bretaña actual, la clase trabajadora se ha convertido en objeto de miedo y escarnio. Desde la Vicky Pollard de Little Britain a la demonización de Jade Goody, los medios de comunicación y los políticos desechan por irresponsable, delincuente e ignorante a un vasto y desfavorecido sector de la sociedad cuyos miembros se han estereotipado en una sola palabra cargada de odio: chavs.«
Chavs es una lectura de cómo se erigen las clases sociales en Gran Bretaña y la discriminación subyacente que es mucho más predominante de lo que aparenta.
Los factores son claros: La falta de trabajos dignos,el trasladar la responsabilidad social hacia las personas menos favorecidas en lugar del Estado hacerse cargo de lo que le corresponde: velar por sus ciudadanos, así como la baja en la sindicalización y como se socavan las comunidades al no sentirse representadas como tal.
«Ser de clase obrera ya no era algo de lo que estar orgulloso: era algo de lo que escapar.»
Extrapolar los síntomas del libro a nuestra realidad, arroja muchas similitudes, demasiadas en mi opinión, sin embargo eso sería ser condescendiente para con nuestro panorama como país, que es infinitamente peor. Solo hay que cambiar Chav por flaite y el ejercicio se hace solo.
Pero, entre todo lo que esto puede decir, sigo sintiendo que esto queda mejor en palabras del autor:
«Chavs no trataba de la piedad, sino del poder. Si yo tenía un objetivo primordial , era poner de relieve la crisis central de la política actual: la falta de representación política de la clase trabajadora. Solo un movimiento organizado de trabajadores puede desafiar la locura económica que amenaza el futuro de amplios sectores de la humanidad. Pero ese movimiento es imposible a menos que se desmonten varios mitos: que todos somos esencialmente de clase media; que la clase es un concepto anticuado; y que los problemas sociales son en realidad los fallos del individuo .«

Y es que el ninguneo a la clase obrera parece un ejercicio que resulta demasiado atractivo para eludirlo por parte de quienes detentan el poder, no importando geográficamente donde te encuentres. Bueno, no tanto. Siempre puede ser peor. Pues la precariedad de gente de nuestro continente se siente infinitamente peor que alguno de los casos más terribles de este libro. Así de desolador.
Mostrar la hilacha
Y como no podía ser de otra manera, hay una mención a Chile, bajo la lamentable etiqueta de la dictadura de Pinochet. Y es que la amistad entre Thatcher y el tirano es de publico conocimiento.
«La excepción era Chile, donde en 1973 el general Augusto Pinochet, con el respaldo de Estados Unidos, había derrocado al presidente electo socialista Salvador Allende en uno de los golpes de Estado más brutales de la torturada historia latinoamericana. Pinochet compartía uno de los principales objetivos de sus correligionarios británicos: borrar a la clase trabajadora como concepto. Su meta, declaró, era hacer de Chile no una nación de proletarios, sino de emprendedores.»
Y es que el patrón de exterminio de la conciencia de clase es casi de manual. Cuando se estigmatiza una clase social se busca visualizar a un segmento de esta como marginales responsables de su situación, mientras la otra parte intentará desmarcarse de esa etiqueta, optando por la movilidad social.
Una huida que no siempre es efectiva y de paso pone a pares a competir y desmarcarse el uno del otro en lugar de buscar puntos en común. Así se comienza a deteriorar el orgullo de clase. Pues al final del día nadie quiere ampararse bajo un estatus que resulte negativo.
«Los políticos, especialmente los del Partido Laborista, antiguamente hablaban de mejorar las condiciones de la clase obrera. Pero el consenso actual solo gira en torno a escapar de la clase trabajadora.»
Al mismo tiempo, al instalar esa competencia, la vida de barrio y comunitaria también sucumbe como un efecto secundario. Menos vida de barrio, más desconfianza, etc. El resto es sabido.

Y es que las características estructurales también extienden sus tentáculos hasta las diferencias de trato por parte de la prensa a los chavs en uno de los capítulos iniciales ¿No nos resulta extraño cierto? Si alguien de escasos recursos pierde un hijo o este fallece es cubierto como una negligencia por parte del cuidador, mientras que el trato recibido por personas de mejor estatus social es totalmente condescendiente.
Y es que da para mucho, hay demasiados puntos que explican en parte el estallido social que ocurrió en Chile hace poco. La desconexión de la clase política con la realidad al ser todos de círculos que jamás se escabullen demasiado lejos del árbol del que cayeron. Y como esa característica los imposibilita para poder gobernar.
Ser pobre nos sienta bien
Por último un tema que no deja de ser menor: el trato que se les da a los chavs por parte de los partidos que históricamente los debiesen defender. Una burquesia que busca apreciación mediática juzgando a la gente -que de una u otra forma- debiese buscar ayudar.
«Estaría bien desechar el odio a los chavs como una sicosis limitada a columnistas vocingleros de derechas.Pero hay un tipo de ocio a los chavs que se ha convertido en una ‘intolerancia progresista’. Los intolerantes progresistas justifican su prejuicio contra un colectivo en razón de la supuesta intolerancia de éste. La racialización de la gente de clase trabajadora como blanca ha convencido a algunos de que pueden odiar a los chavs y seguir siendo progresistas.»
Por años en Chile se ha usado la figura del protestante, del flaite y el encapuchado como un chivo expiatorio de lo que la violencia representa y como anomalías de un sistema que funcionaba perfecto, más jamás era enfocado del modo correcto: todos ellos eran fruto de una ira acumulada por un sistema que parecía autocuidarse todo el tiempo mientras seguía usufructuando para los mismo de siempre. Y el odio al final siempre explota.
Para el final solo un último extracto bastante anticipatorio de lo que se vendría:
«Es a la vez trágico y absurdo que, a medida que nuestra sociedad se ha vuelto menos igualitaria y que en los últimos años los pobres se han vuelto realmente más pobres, el resentimiento hacia los de abajo ha aumentado claramente. El odio a los chavs es una forma de justificar una sociedad desigual. Pero ¿Y si eres rico y triunfador porque te lo han puesto todo en bandeja?¿Y si la gente es más pobre que tú porque lo tiene todo en su contra? Admitir esto desencadenaría una crisis de autoconfianza entre la minoría acomodada. Y de aceptarlo entonces habría que admitir que el deber del Gobierno es hacer algo al respecto, es decir, recortar tus privilegios.»

Bailarinas - Yasunari Kawabata

La literatura de Kawabata tiene pocos exabruptos, así como cúspides de las cuales poder asirse al momento de realizar una critica escrita de su obra. Sus libros de una u otra forma siempre saben como a una concatenación de señas mínimas que por medio de la sutileza de su existencia hablan sobre grandes temas de Japón.
Y eso de alguna forma siempre me ha servido como brújula al momento de paladear la obra del japonés: son las cosas pequeñas y que aparentemente no cuentan nada -las que al final- permean la sensibilidad de sus personajes.
Son los paisajes que se describen al fondo la mayoría del tiempo los que sirven de tótems para sentir, quizás más que entender, lo que la pluma del japonés intenta provocar.
Es la nieve que siempre cae en uno u otro pasaje de sus libros, los paseos calmos por ciudades, los fantasmas de la posguerra, y como la tristeza parece siempre terminar dirigiendo a hombres y mujeres a continuar son sus vidas de la manera que puedan. ´
Con lo que puedan. Con lo que les quede. Con lo que pierden.
Es la sensación de dar paso a la siguiente generación y empezar una etapa crepuscular como en ‘El maestro de go’, o tal vez la mera conversación interna sobre la estética y el ser como en ‘La casa de las bellas durmientes’ una propuesta que encuentra cierta similitud en ‘País de nieve’ donde claramente el paisaje es igual de importante que el triángulo amoroso del protagonista.
«Un recuerdo lejano filtrado en la música es al mismo tiempo una ilusión cercana.»
Bailarinas va un poco por esa tangente. Es complejo el afirmar que sucedan grandes cosas en un entramado como este, pues de buenas a primeras las decisiones y los cambios que se van germinando en cada personaje mientras van corriendo las hojas no son del todo visibles hasta que de pronto es inevitable el dar la razón a que los cambios, no por silenciosos, no existen.

Bailar en silencio

Kawabata sabe de construcciones paulatinas, como acá, donde vemos como dos bailarinas, madre e hija, persisten como pueden en su dedicación ejerciendo de bailarinas de ballet occidental en un país que parece aun sacudido en la época de la posguerra.
Todo ello mientras Yagi, el marido y artista en decadencia, es quien carga las secuelas de una nación derrotada y que no encuentra muchas pistas desde donde construir un futuro salvo el de volcar esa frustración hacia las dos primeras, generando vínculos tóxicos y sensaciones de pobreza emocional.
«… Cada uno porta su tristeza. Así dice él. Cuando la tristeza pesa, terminamos aceptando las cosas incomprensibles que reconocemos inevitables.»
Namiko (la esposa) es en quien recaen con fuerza la fatiga feroz de ello, siendo de alguna manera quien debe dar los palos de ciego para poder afrontar y generar los cambios que inevitablemente son necesarios en su entorno y vida social más íntima. Y quien, como no podía ser de otra forma, refleja esos dos grandes círculos que terminan encerrando los libros del japonés: la soledad y el erotismo.
Porque si bien Namiko es lo suficientemente autónoma para hacer frente a Yagi (un demonio sin fuerza en palabras de Yukio Mishima) y a su vez lo suficientemente vulnerable para poder refugiarse en un débil Takehara no por ello renuncia a un mundo interno y externo donde toma el control de su propio erotismo.
Originalmente Bailarinas fue publicado en 1955 en el diario Asahi en un formato de entregas. Y sin duda resulta en otra pieza que abulta otro tanto la obra del premio Nobel japonés. Una que sigue definiendo un panteón repleto de historias que nunca escapan del invierno y donde la posibilidad a abrirse a la transformación se tantea todo el tiempo.
«A tus ojos, tu madre es una victima, pero en un matrimonio tan largo, no hay victimas sino un derrumbe de a dos.»
La costumbre de leer sobre cosas increíbles muchas veces termina fatigando la mera sorpresa de leer sobre cosas -que efectivamente- si se parecen al color y ritmo que tienen las vidas normales.
Es común relatar sobre los días increíbles y como estos desvían el rumbo de las historias, Kawabata por otra parte siempre da la idea que narra sobre todos los días, incluso esos aburridos donde los protagonistas yacen tumbados observando la fragilidad de sus vidas y como el tomar cualquier decisión luce como el acto más temerario del mundo.
Así son las historias de él. Un hombre que acabó con su vida a los 72 años pero que pareció vislumbrarla, al menos en sus letras, más como un compendio de hechos importantes provocados por momentos nacidos en instantes nimios que como una historia artificial donde todo es rimbombante. Las historias de Kawabata siempre suenan a realidad.
Y eso tal vez pueda alejar, o tal vez lo contrario. No hay respuestas fáciles para nadie.

Ubik - Philip K. Dick



La ciencia ficción cuando funciona como espejo de temas importantes para la humanidad es cuando muestra un desempeño mucho más valioso como lectura, que cuando se enfoca en sus formas y se autoparodia en mamotretos tendientes al artificio y a la cosmética (cuestiones en que también es rico el género).
La trama de Ubik parte sencilla: ‘Runciter es el dueño de una empresa que se encarga de prestar servicios contra ataques de psíquicos. Un día es requerido junto con su personal a una misión en la luna, donde serán víctimas de un atentado. Hasta ahí todo bien; no obstante desde ese planteamiento inicial derivará una pregunta constante que será en definitiva la que forme a la novela: ¿Está Ruciter muerto o es todo su personal el que murió?
“Las formas primitivas deben de llevar una vida residual, invisible, en cada objeto, meditó Joe. El pasado está latente, sumergido, pero sigue ahí y puede aflorar a la superficie tan pronto desaparezcan, por cualquier desafortunado motivo y contra lo que nos enseña la experiencia diaria, las características del objeto último, más tardío. El hombre no contiene al muchacho, sino a los hombres que lo precedieron. La historia empezó hace mucho.”
Como siempre, Dick arma sus mundos futuros de una forma que parecen haber sido arrasados por el capitalismo. Ya sea estéticamente donde lo artificial homogeniza todo, o bien en el cómo apenas sobreviven sus personajes en ciudades hipercapitalistas donde hasta lo más nimio tiene su precio (abrir la puerta de tu casa o del refrigerador).
Todo tiene un precio.
Incluso la vida después de la muerte.
O su sucedáneo.
Y es que la posibilidad de la vida después de la muerte, deriva en otro tema recurrente como lo es la existencia de un mundo paralelo donde prolongar los días que quedan, o mejor dicho: conseguir racionar el remanente de una vida. Como un amortiguador con fecha límite.
El  temor a morir en Ubik se ve reflejado en empresas que prestan el servicio de congelar los cuerpos de personas próximas a la muerte, no obstante mediante unas maquinarias la actividad cerebral de estas vuelve  a tener actividad cada vez que son requeridos y les permiten comunicarse con ‘los vivos’.
Un bálsamo parcial que les concede a los personajes hablar con ‘personas semidormidas’. Sin embargo PKD lo plantea desde una perspectiva en que se siente el efecto rebote en los solicitantes. Una especie de espejo que los hace miserables (como casi todo protagonista que se valga en la obra del estadounidense) al no poder dejar ir y a sabiendas que cada segundo que consiguen comunicarse con estas personas criogenizadas, es uno menos en la cuenta que les va quedando.
“Estamos atendidos por espectros orgánicos que por medio de palabras y escritos penetran en este medio que es nuevo para nosotros. Son fantasmas reales, atentos y sabios, que viven en el mundo de la auténtica vida, algunos elementos de la cual llegan a nosotros en forma de astillas punzantes pero de impagables efectos, de una sustancia que palpita como un corazón.”

A su vez, la existencia de depredadores en lugares seguros es otro signo importante. No hay remansos para quienes se ven forzados a una extensión artificial. Así como tampoco calma para quienes ejecutan la prorroga arbitrariamente. No hay lugares seguros incluso para quienes pueden pagar por ello. 
Solamente quien crea puede ser salvo. Aunque su fe sea puesta en los efectos de una lata de aerosol. Y al estar los personajes del libro siendo continuamente víctimas del choque de dos fuerzas antagónicas, casi deidades de hecho, en medio de un enigma que se va resolviendo de a poquito. Es esa creencia -por paupérrima que luzca- la única salida que tienen a mano.
El metabolismo es un proceso de combustión, un horno en actividad. Cuando deja de funcionar se acaba la vida. La gente yerra por completo cuando se imagina el infierno: el infierno es un lugar frio; todo lo que hay en él es frio.”
La yuxtaposición de mundos es algo en que se maneja PKD, ya se vio algo similar en la distopia nazi de ‘El hombre en el castillo”, pero acá es mucho más concreta y desarrollada. De hecho, es el eje en el cual se estructura la historia. La intercalación de la narrativa entre dos escenarios (siendo uno el preponderante) y como la información a cuenta gotas cruza de uno a otro para tratar de darle forma a un puzzle que se presenta así mismo con la forma de la pregunta que mencionaba en  el tercer párrafo.
“La puerta se negó a abrirse mientras decía: cinco centavos por favor.”
Y por último, más nunca menos importante, el humor no parece ajeno en la obra. Por terribles que sean los sucesos, siempre hay cabida para alguna situación inverosímil. Y en tiempos donde Black Mirror parece acaparar los pocos escenarios para hacerse preguntas. Este libro con cincuenta años a cuestas parece un buen complemento, sino más bien, un precursor de las obras de este tipo.

El Empampado Riquelme - Francisco Mouat




“La tarde del jueves 2 de febrero de 1956, Julio Riquelme se subió al tren Longitudinal Norte en La Calera con destino a Iquique. Iba al bautizo de uno de sus nietos. El viaje duraba tres días y tres noches. Pero Riquelme jamás llegó al puerto del norte. La última vez que alguien lo divisó fue arriba del tren, cerca de la estación Los Vientos, cien kilómetros al sur de Antofagasta. Desde entonces nada se supo de él. Solo historias de fantasía y después el olvido. Hasta que en enero de 1999, casi medio siglo después, apareció Riquelme en medio del desierto de Atacama, solitario y abandonado junto a sus pertenencias. ¿Qué pasó realmente con él? ¿Por qué su misteriosa desaparición fue rodeada de tanto silencio? ¿Cómo fue posible que en 43 años no se supiera nada de su existencia?”
Julio Riquelme y su esposa.
Los relatos sin respuestas son toda una tentación. Es cuático el eludir el enganche que provoca una ‘historia real’ cuando la base de la misma parece tan sacada de la ficción. Cuando una situación que evade las respuestas a toda costa da lugar a una historia con aristas tan ricas, pero sobretodo cuando dan pie a un montón de suposiciones que atacan con muchas posibilidades al lector. Y es que no leía un relato local así de potente desde ‘El Río’ de Alfredo Gómez Morel, y eso ya es mucho decir.
Porque  al final es un reportaje que termina siendo una reflexión sobre desapariciones y ausencias. Empezando estas últimas mucho antes que las primeras. Sobre lazos y culpas. Sobre no conseguir sobrellevar el peso de los años y de como errores que se van sedimentando imperceptiblemente sobre tu historia, van cargándola hasta hacerla insoportable. Pero antes que todas esas cosas, es una historia sobre padres e hijos.
“Toda genealogía tropieza con el vacío”
En Batman V Superman, Bruce Wayne se para ante la tumba de su fallecido padre y dice que él ya es más viejo que lo que su padre alcanzó a ser. Denotando poco disimuladamente amargura con ello y dejando en el aire ese enigma que muchas veces son para los hijos los padres. A Ernesto Riquelme le sucede algo similar. Muchas veces la imagen del padre tiene mucho de mítico y al ser básicamente una entidad edificada en historias, por defecto va mutando.
“Ernesto Riquelme Chávez tenia 63 años cuando apareció su padre, muerto, en el desierto. Julio Riquelme Ramírez había alcanzado a vivir solo 58 años. Los números aquí no están puestos para hacer estadísticas o matemáticas. Estos números hablan de una ecuación existencial: el hijo descubre a su padre muerto y verifica que su papá era, en el momento de su muerte, más joven que él.”
En el caso de Julio Riquelme la imagen del empampado pasa de ser el padre que los abandona o no se interesa en construir un lazo, a convertirse en el que se desvanece. Y se siente lógico porque más para mal que para bien, en una tierra de desaparecidos, tuvieron que pasar 40 años recién para resignificar este desvanecimiento.
Ernesto Riquelme y familiares llevando el ataúd del empampado.
Los fantasmas toman formas sumamente dispares dependiendo del cariz que decida darle quién tiene que aguantarlos. Me gusta esa traducción del sentimiento. Del peso que tengan las historias sobre esa persona. De la sensación que cuando algo se cree abierto se asimila como tal y se mimetiza con el resto de los días. Una mimetización tal que termina siendo invisible. Adecuándose a los espacios, pegándose a ellos. Sean en palabras, sean en lugares ya deshabitados.
“El alma humana es vacilante y contradictoria: si nadie te apura, si tu trabajo no está en juego, si puedes seguir levantándote tranquilo en la mañana para hacer tus cosas, si tienes rabia porque te sentías abandonado, si la desaparición de la que hablamos no te quita el sueño, si la vida continúa y no nos deja pegados en el recuerdo, si no sabemos o creemos que no sabemos qué pasó realmente, es más fácil olvidar. Y eso ocurrió con Riquelme: los que tenían que recordarlo lo olvidaron, y el resto se sumó al silencio”. 
Hasta que cambia. Hasta que todo se vuelve a resignificar.
Y luego…
Se reescribe la historia y el mito se transforma. Y con ello quedan tan pocas respuestas como certezas. Salvo una quizás: la figura del padre siempre es un enigma. Uno lejano. Uno ausente. Porque mucho hay de preguntas sin respuestas en relaciones que se construyen sobre incertidumbres.
“Lo menos estático de todo es nuestra propia historia se nos dice en un párrafo de este libro ¿Habrá alguien contándome? ¿Podré ser una historia? ¿Estaré ocurriendo?”
Viaje de Mouat a la pampa, el funeral y comitiva.
Me agrada como Mouat va hilando todo. Un cruce entre el dato duro así como el acompañamiento que hace de los protagonistas de la historia. Desde el describir la aridez de una estación abandonada hace años hasta la búsqueda de respuestas en lugares poco ortodoxos al final. Y es que es tremendo también como el paisaje, todo ese escenario en el que se desenvuelve este relato igual está muy bien edificado. El desierto da miedo porque es un monstruo que devora personas y regurgita historias. Un intercambio tan cruel como lo es también el desaparecer.
“El desierto de Atacama es más tenebroso, no hay maleza, no hay nada: puras piedras. El desierto de Atacama es un paisaje de marcianos.”
* Las imágenes pertenecen al libro Empapado Riquelme del Autor Francisco Mouat Cruxatto, edición 2018, Lolita Editores.

La extinción de los coleópteros - Diego Vargas Gaete




Han cachado cuando algo tiene muchas características que te gustan pero de alguna manera en el total, como un todo, no te seduce el resultado. Algo así me pasó acá.

En general me agrada la estructura de párrafos cortos que van armando una historia desde diferentes frentes hasta conseguir armar un mapa total. Me agrada también las ideas más descabelladas como lo es lo de la lavadora, el viaje en el tiempo, el futuro, la extinción de los bichos, o lo truculenta que es la historia de ese sótano bajo el colegio alemán donde se tortura con las consiguientes secuelas que se sedimentan en la psiquis del guardián de ese secreto. Me agrada todo ese costado que roza el thriller y el scifi. Así como el humor de la historia del abogado y su correspondencia.

No obstante, no hay nada en este libro que crea no pueda olvidar con el tiempo. Ni su estructura, ni sus temas.

*Al menos aprendí el nombre científico de los matabuey, que era un bicho que buscábamos cuando chicos en el campo (Acanthinodera cummingi).

Jeidi - Isabel M.Bustos




Me gustó harto. Tal vez por ratitos pareciese que se está adentrando demasiado por el lado inocentón meloso chistoso, no obstante es entonces cuando hábilmente deciden retomar las vertientes más feas de lo que significa vivir en el campo: ser casi analfabeto y estar enterrado en la más terrible de las pobrezas.

Pareciese que ensalza lo bucólico más en ningún momento deja de sacar esos trapos sucios que de alguna manera igual lo definen.

El trago, la religión, la superstición y la ignorancia son la constante. Pero hay sueños también, sueños chiquitos pero importantes. Como el espíritu de esas películas de niños chicos en los ochentas, pero en un pueblo aleatorio cerca de Talca. Sin gringos ( o casi). Y con mujeres.

Los personajes si bien parecen caricaturas, no dejan de ser menos entrañables por ello. Además que Isabel M. Bustos los esboza súper rápido y de una forma bien bonita.

Marqué caleta de pasajes:

“Además de los funerales, la misa del domingo es la única ocasión en que se reúne todo el pueblo. Todos menos el bombero, que es masón. Aunque no tiene idea de lo que es eso, saben que no cree en Dios y que el fuego es cosa del diablo, así que nadie lo llamaría si se incendia algo; mejor arder aquí que allá abajo en el infierno”

“Se sienta tímidamente al lado de Güindsurf que tiene cinco años y es su preferido porque siempre le pregunta cosas de ella y eso no pasa muy seguido. Además le gusta su nombre. La señora Gladys dice que lo sacó de unos lolos curicanos que iban al lago Vichuquén y se quedaron en pana frente a su casa. Llevaban esas tablas raras”

“Le da como un mareo cósmico hacerse cargo de una situación tan peliaguda, pero sabe que su amiga es una santa y la necesita a ella, porque la pobrecita es, además de guacha, huérfana y no muy pilla”

“Es divertida la vejez cuando está lejos”

“Jeidi se hincha de emoción. Si el abuelo le cree, al diablo con el resto. Por su puesto que se arrepiente altiro de pensar en el Cola de Flecha y se hace tres pequeñas cruces sobre el corazón con el pulgar mientras repite tres veces ‘vade retro’; así le enseño que se hacía la Vicky después de ver El Exorcista”

“Le traen cartas, globos, dulces, ropa de guagua, peluches. Vicky los acumula en una carretilla, sin entender por qué a alguien podrían gustarle los peluches. De partida, no se comen”

“Al verle la cara, lo primero que piensa es que ojalá su hijo salga con esos ojos como el río Claro y de pestañas negras y tupidas. Lo que es ella, tiene pestañas de chancho”

“Sabía que sería rubio como el choclo”

“Los entierros de dinero son los tesoros con que sueñan los niños por esos lados donde no hay bancos…Cavaban tardes enteras esperanzados, gastando mentalmente el dinero. Por supuesto, sabían que si llegaban a encontrar uno no podían usarlo hasta pasado un año. Si no, uno se muere, como ese ignorante de la ciudad que desenterró una olla de fierro llena de monedas, se compró un auto altiro y chocó contra un árbol la misma noche”

Pobres Diablos - Cristian Geisse



Siempre recuerdo cuando mi papá, hombre de campo, contaba historias inventadas sobre el diablo. Sobre que a fulano, probablemente con harto vino encima, se le apareció el diablo en tal lado o a este otro que terminó curado en su camioneta debajo de una cascada también lo vio. Que cuando los perros lloran es porque anda el cachudo por ahí, etc.

El diablo es un tema recurrente en el imaginario colectivo y adopta formas muy variadas, desde el ente que te puede conseguir placeres varios a cambio de algo, hasta el que de alguna manera solo representa la maldad. Ya sea en forma de hombre de negro, de chivo o derechamente de las alucinaciones del vino: el diablo tiene mil formas y este libro mediante dieciocho cuentos parece tratar de abarcar harto con un resultado peculiar por momentos, escatológico en otros, pero sumamente orgánico en su mayoría.

Dividido en tres partes, de seis cuentos cada una. La presencia del 666 es el recordatorio constante de sobre que estamos hablando.

Hay cuentos que me gustaron harto, ‘¿Has visto un dios morir?’ por ejemplo trae consigo el tema del ñache y las alucinaciones, además está hermanado con otro excelente cuento como lo es ‘El Gallo Negro’ que tiene una estructura de circularidad temporal que me gusta harto, de hecho se parece caleta a un truco que usaron los Coen en ‘Inside Llewyn Davis’.

‘La Negra’ es lo más cercano a The Witch que he leído, solo que no hay brujas ni familias protestantes exiliadas, más si cabras diabólicas y muchos viejos curados. Porque no hay nada que cause más terror que un grupo de personas solas y borrachas en medio de la nada del campo. De esos puebluchos que son más vacío que pueblo, donde el viento es la única banda sonora posible.

‘Calixto Gómez’ que nos dice que el diablo también está ahí, en la pobreza violenta de las poblaciones. Así como ‘El Cachúo’, ‘El Duende’ y ‘La Culebra’ parecen algo repetitivos pero refuerzan la idea que el diablo también está en cuestiones como ese alcoholismo mitificado. Por último ‘Fue como un padre para mí’ y ‘Seguir aquí’ donde el autor da rienda suelta al lector para que sienta repugnancia por los sucesos de ambos cuentos.

Me gustó bastante. Eso si, podrían haber sido menos cuentos a costa de sacrificar el seis seis seis.

“Me buscaron para que trajera a mi abuelo y viéramos al dios morir. Hasta plata me ofrecieron. Y es que hay algunos trastornados a los que les gusta tener malos sueños, son como esos giles que duermen con los brazos cruzados sobre el pecho para tener pesadillas.”

“Ese hueón es poeta. Los poetas son así: feos por fuera o feos por dentro. A veces las dos al mismo tiempo.”

“No, no había forma de perdonarse. Sentía las lágrimas acumularse atrás de sus ojos. Esas lagrimas nunca saldrían de ahí.”

“El Cachúo es para algunos el enemigo número uno del curao: después de muchos días tomando te agarra y te sacude, con pesadillas, paranoia, sentimientos mortales, pánico, sueños premonitorios de la muerte de los que más amas. La deformidad. La hediondez. La enfermedad. Le dicen el Cachúo, porque en casos extremos uno ve, ve al ser maligno que trae la cuenta y hace pagar las cuotas de la deuda y el exceso. Y le dicen así porque se supone que es el demonio.”

“¿Eres acaso nuestro señor Jesucristo?- preguntó.
-El hombre lo miró con la boca abierta y los ojos vidriosos, extraviados.
-¿Quién pregunta?- dijo con voz aguardentosa.
-Soy el hijo de Eugenio Chacana.
-¿Y quién es ese hueón?-respondió mientras se llevaba la botella a la boca y tomaba un trago de pisco.
-Es el hombre más bueno del mundo.
-¿Y qué me importa a mí? ”