Perrosky - Vivos (2013)




El primer gran mérito de Perrosky, tras años de bagaje musical, consiste en haberse aferrado a una línea (la del rock n’ roll) y no haberla traicionado jamás. Un proyecto nacido como un paralelo, pero que como buen hermano menor, supo cómo arreglárselas para ganar lugar y hacerse notar hasta el punto de conseguir que su impronta se mantuviese por peso propio y esa aura de segundo lugar que le resonaba sonara cada día más despacio.

El segundo, por llamarlo de alguna manera, es la traslación del rock n’ roll y espíritu del sur norteamericano y convertirlo a nuestro lenguaje. Es decir, temas como ‘Tú y Yo’ rememoren al vino tinto, a escucharlo en barrios decadentes de Santiago en vez de la imagen desgastada del Blues y Rockabilly gringo. Conseguir esta identidad, pese a estar tan marcada la pauta del estilo, es otro de los puntos fuertes de Perrosky, y se resumen en este, su quinto LP, el cual suena más vivo que nunca.

La fórmula con la que arman sus canciones sigue siendo la misma ocupada en toda su carrera (y que de seguro seguirán reutilizando), eso no entra siquiera en debate. Y es que la reinvención, salvo por variaciones minúsculas, no sale de la banca, pues realmente no es necesaria.

¿Habrá algo más natural y honesto que un buen rock n’ roll? ¿O algo tan primal como el sonido garaje poco pulido? Estos estilos no requieren mayor vuelta cuando se está tan metido en su centro (‘Exilio’), por eso mismo lo de Perrosky no sorprende, y bueno, tampoco se necesita. Si es por giros a los sintetizadores, en la otra esquina está toda una nueva generación haciendo lo mismo. “Vivos” es del gusto de quien conoce su música y la siente como tal. Acá no hay complejidades ni vueltas de tuercas extrañas. Lo que habita en este disco es la estrecha relación de dos hermanos y su música. De esas asociaciones que producen canciones añejas y que en vez de Cowboys, nos traen al frente a dos forajidos de estética tosca equipados con un tremendo disco bajo el brazo.

Temas inclinados al garaje (‘RL’), tirados hacia el “southrock” nostálgico (‘A Mil Millas’‘Zu’), pisando el acelerador (‘Fiebre’) o bien armando temas pegajosos e itinerantes como‘Contrabanda’. Perrosky intenta resumir todo lo hecho a la fecha y agradecerlo con música (‘Una Y Nada Más’).

¿Quieren respuestas? Pues “Vivos” las tiene: canciones al hueso para tiempos modernos. Los hermanos Gómez cierran un disco redondo, no por su vanguardia, ni por su quiebre de esquemas, sino meramente porque su oficio lo tienen más que aprendido y perfeccionado.

Foxygen - We Are The 21st Century Abassadors Of Peace & Magic (2013)


Una elegante y buena colección de canciones es la que tenemos en “We Are the 21st Century Ambassadors of Peace & Magic”. Una colección tremendamente homogénea y brillante, que luce en su estructura –y con suma naturalidad- cortes de altísimo voltaje en clave pop sesentero.

Con raíces que se internan en lo grisáceo de la Velvet Underground, pero también expeliendo aroma a pop propio de The Zombies , el LP de Foxygen consigue plasmar todas estas sonoridades, sin sonar anacrónico ni demasiado enraizado; cada pieza en su justa medida.

Un paseo por sicodelia suave (‘No Destruction’) hasta espesarse un poco (‘Bowling Trophies’) o bien adentrarse en composiciones progresivas bajo el alero del pop (‘On Blue Mountain’) hacen del viaje por este disco una apuesta que asegura vaivenes y curvas que -tomadas con la debida prudencia y sensatez- llegan a buen puerto.

Quiebres de sonidos, texturas ambiguas y todo lo que pueda retrotraer a la década de las flores y el LSD lo encuentra por acá, y de hecho, no solo se queda ahí. Los vórtices de la Velvet Underground dicen presente y por momentos enrarecen la atmosfera con temas de la talla de ‘Oh No 2’, que es exactamente como mirar una vorágine de frente mientras esta te absorbe lentamente.

Entre la vereda de la luminosidad de ingenuas sonoridades y la miseria de la urbanidad es que el LP consigue encontrar su personalidad. Una que sorprende por la claridad de su propuesta. No inventa la rueda y ni siquiera remoza un estilo, pero toda esa mezcolanza consigue dar con el punto de naturalidad en que pasa de ser un homenaje a una propuesta y eso es lo que diferencia al álbum de una simple parodia.

¿Emular a los Stones? No, para nada. No obstante, algo de ellos hay en ‘Oh Yeah’ y con un poco más de cadencia mediterránea en ‘Shuggie’. Por su parte ‘San Francisco’ refleja toda esa diafanidad florida que los instrumentos y las vocalizaciones buscan constantemente; un relajante y sugestivo coctel de melodías nostálgicas y suaves.

Difícil no comprarle la parada a Foxygen en esta pasada. El título les queda como anillo al dedo. Con tanto 60’s dando vuelta por todos lados resulta difícil no dejarse llevar y confiar en las melodías anidadas aquí.

¡Y que melodías! ¿Paz? ¿Magia? Pues de la segunda ronda bastante en “We Are 21stCentury…”, y es en definitiva por la que damos el voto de confianza a esta multi-estilística pieza de tonos claroscuros. Vivir épocas ajenas en pleno 2013 nunca resulto tan fácil como con este disco.
Publicada originalmente el 15 de Mayo de 2013 en Melómanos Magazine 

Matías Cena & Los Fictions - El Vuelo de Albatros (2013)



Exhibir una disciplina musical ajena, como lo es el country, en una escena no tan amplia como la nuestra, debe ser el paso más difícil para una banda con un sentido estilístico tan marcado como lo son Matías Cena y Los Fictions. No obstante, salieron airosos de tamaña audacia.

“Arauco Cajún (2012) respetaba los códigos del género, pero al mismo tiempo daba lugar a una interpretación que se situaba bajo una visión local, sin inclinarse demasiado por ninguna de estas dos premisas y manteniéndose en un fresco centro que nutría de sensatez a un disco propositivo en todo el sentido de la palabra.

¿Y luego de eso qué? Pues, apuestan nuevamente y lanzan un LP en que amplifican la paleta de colores y el decantamiento por el country se ve disminuido (en cantidad) agregando más variaciones y tonalidades. 

Con mayor presencia de estilos musicales como el folk y pop-rock, entre otros, dan rienda suelta y oxígeno a su música; el asunto acá es avanzar siempre y no cortarse las alas uno mismo por querer repetir fórmulas. Matías Cena lo entiende bien y llena de recovecos y melodías entrañables cada uno de los pasajes de “El Vuelo de Albatros”.

El disco abre con ‘Intro’, una especie de preludio en que Humberto Maturana (biólogo) recita algunos extractos de la “Carta a la Tierra”. Una introducción que guarda mucho del mensaje que se esconde entre canción y canción. Un manojo de sutilezas camufladas que conforman un llamado de atención para retomar esa conciencia de mundo y abandonar un poco la individualidad. A veces, es más directa e ingenua como en “These Signs: Cantando A La Primavera” , pero el mensaje se esconde ahí, sin ser tan odioso o literal.

‘El Vuelo Del Albatros’ (canción) hace gala de signos que recuerdan la limpieza del pop-rock. Aunque empujada la mayoría del tiempo por una huella sónica que guarda mucho de rock británico espacial. La cuota de Folk la ponen la perfecta ‘Perro De Caza’ y la brumosa ‘1987’ que en sus líneas nos trae a la mente esa grisácea urbanidad en la que se camina día a día.

‘Stichometría’ se inclina por el country en una jugada que refrenda ese espíritu tragicómico del género. Lo lúdico de los sonidos se entrelaza –generalmente- con narraciones llenas de miseria. Y así como en su anterior disco, el banjo, acá toma protagonismo.

‘El llamado de Malatesta’, por su parte, se convierte en su mejor pieza, ya que su construcción lírica llena de imágenes emocionales mientras la delicadeza del folk-country y la voz, orquestan una cálida ejecución. Una pieza que justifica, en sí misma, todo un LP sin problemas.

El resultado llega a ser tan emocionante que cuando acaba ‘Clementina’ estamos seguros que paseamos por entre enredaderas de buganvillas.

El jugar en un lugar seguro parece no estar en los planes de esta agrupación por el momento. Se armaron su nicho a pulso y ahora lo explotan e incluso arriesgan más que antes. Dicen que en la variedad está el gusto y este vuelo lo reconfirma. Una mezcla de porciones variadas e inquietantemente buenas. Mantiene e incluso supera a su hermano mayor, sin temor a volar más alto que él en ningún momento.

Portugal - Kaaipan Sinua (2013)



“Kaaipan Sinua” el segundo larga duración de Portugal se acomoda sin disimulo en un microclima plagado de introspección y mesura, ejecutando un pop melancólico donde un mundo interno, tema a tema, se va construyendo y ampliando constantemente.

El ánimo predominante no acoge duda alguna. Lo de la banda de San Antonio corre por el lado de los ritmos meditabundos, más no lúgubres. Lo suyo es la opacidad, pero no tanto como para alcanzar lo insufrible. Esa disposición emocional en que la melancolía es protagonista pero está facturada con el recato suficiente para no caer en el cliché, ni tropezar con la apatía por una sobrexposición al pesimismo.

“Kaipaan Sinua” es una colección de nueve canciones que parecen ambientadas en un grisáceo puerto otoñal. Se explaya con contundencia desde la apertura en temas como ‘Dulce’, en que la voz por momentos dulzona de Mariano Hernándezmatiza la opacidad que desprende el piano de Felipe Cuadra. Y si a eso le agregamos un finiquito en que la guitarra eléctrica reverbera adornando la canción con atmósferas estáticas y –de paso- abandonando el lugar común que suelen tener las estructuras de esta clase de temas, tenemos el finiquito que da el plus a las canciones y hace tan interesante el perderse por el trayecto que nos oferta el LP.

La ambientación también parece ávida por dar con el punto emocional justo, y eso se trasluce a las demás composiciones armando un todo bastante homogéneo. Dícese de tracks que resuman esa sensación de profundidad como ‘Sarta’‘En este año’ o ‘Receta de domingo’

El encontrar elementos sobresalientes se dificulta por esto último; no por ausencia de fortalezas, sino que estéticamente las canciones son bastante similares ente sí. La única que logra escapar a esta regla es ‘Mis celestes que no ven’, que con un potente –y barroco- estribillo, ensalza una especie de catarsis absolutamente bella.

Una placa en que predomina un lenguaje y musicalidad bastante claras. No hay tergiversación posible. Portugal se introduce y pinta con emociones cada una de sus piezas, y como la dominante brisa otoñal que pretende ser “Kaipaan Sinua”, nos recuerda que son días helados, pero en los que también conservamos algo de sol. Aunque sea poco.

David Bowie - The Next Day (2013)



El problema de los regresos es -en sí mismo- grande. Pero peor aún es cuando una leyenda es la que retorna y más si lo hace de gran manera.

El tratar de estar a la altura de un buen disco sin sonar como una calcetinera descontrolada es todo un desafío. Sobre todo cuando llega tras un cúmulo de halagos hacia el mismo objetivo que nos apremiamos a lisonjear.

Nos sucede con David Bowie y su “The Next Day”, una de esas vueltas que pocas veces tenemos el agrado de escuchar, y por sobre todo disfrutar, ya que este regreso vino acompañado de un halo mítico que solo uno que otro personaje icónico puede levantar. Una figura que se tenía presente, pero se nos venía difusa a la memoria por su prolongado autoexilio en New York , y que a más de alguno hizo pensar en un retiro de la música o en un cese total de actividad, en el caso de los más extremistas.

Sin embargo, al final sólo componían conjeturas erradas y sería el mismo aludido quien les diera un giro dramático perfecto a tales suposiciones, posicionándose en unos días en el centro de la escena musical mundial al anunciar el lanzamiento de su disco. Eludiendo con ello a toda la Policía del Spoiler en una época en que parece imposible esconder algo, e incluso yendo más allá, ya que su trabajo se prueba la corona como el mejor disco del año sin pudor alguno. Todo esto en unas pocas semanas y sin advertencia alguna. Haciendo parecer que Bowie siempre sabe cómo tomar por sorpresa hasta al más precavido.

Pues, bueno, es fácil crear sospechas ante rótulos de la talla de “El mejor regreso del Rock” y la duda emerge espontanea ante tanta lamida de zapatos. No obstante, excluirse de esto cuando se tiene delante una colección tan portentosa de canciones es, al menos, difícil. No es por exagerar pero cuando algo es bueno, no queda otra que agachar el moño y reconocer abiertamente que se está ante una obra redonda. La pólvora de Bowie sigue ahí.

No alcanza para titular a “The Next Day” como la enésima reinvención de un hombre que nos acostumbró a ello, pero si alcanza para decir que conjuga bien sus años de oficio y se pasea por varias aristas que integran su discografía, logrando piezas refinadas y que al mismo tiempo no pierden el filo creativo que Bowie imprime.

‘We are we now?’ y ‘You Feel So Lonely, You could die’ son baladas espaciales en las que el receptor visualiza todos sus vacíos. Aunque ni de cerca,‘Valentine’s Day’ es una cálida canción de una textura absolutamente encantadora. ‘How Does The Grass Grow’ y su perfecto estribillo (tal vez el más portentoso del LP) o esa pieza sintética y llena de química que es ‘Love Is Lost’, sirven de coordenadas para entender que al desgranado del disco también favorece a su autor, quien en dosis comedidas entrelaza sus diferentes etapas y arma un cancionero generoso.

‘(You Will) Set The World On Fire’ saca a relucir las características eléctricas del vocalista, quien se apoya en la guitarra de Earl Slick, así como en el saxofón de Steve Elson en ‘Boss Of Me’ y ‘Dirty Boys’ para extender lo más posible la riqueza sonora de sus tracks. Mención aparte merece una de las puntas de lanza de este trabajo:‘The stars (are out tonight)’, el punto de equilibrio del rock sobrio que suele facturar el Duque Blanco. Con diferentes capas instrumentales que se van dejando apreciar, mediante las escuchas van progresando.

Escapar a las apreciaciones exitistas es sumamente complejo cuando hay razones para sonar así. Más allá de la simpatía y fetiche que causó a pocos días de su lanzamiento, la apreciación sigue ahí, siendo exactamente igual. Si este es un gran final o un gran regreso ya parece anecdótico, la certeza corre por un solo lado: el “Gran” debe ir antes de cualquier apelativo que se le dé a esta placa. Un obligatorio. Aun cuando exprese claramente que no es “Heroes”, le alcanza de sobra como uno de los mejores lanzamientos del vasto catálogo de David Bowie.

The Strokes - Comedown Machine (2013)



Queda a la vista que los cinco años entre lanzamiento de discos les terminó pesando a los Strokes. Si bien “Angles”(2011) nunca funcionó bien- ni como disco ni como semillero de canciones- al menos se tradujo en un parámetro para entender en que parada estaba el grupo neoyorkino. Y, bueno, la respuesta no se hizo esperar: se encontraban en un Limbo.

Querían despegarse de su sonido garaje, pero no del todo. Y además querían amplificar sus límites hacia tonos sintéticos y alejados del rock n’roll. Todo eso de una sola vez, y evidentemente no lo consiguieron. Los resultados fueron débiles debido al evidente choque de direcciones. Ante esta situación la banda entendió que la mejor manera de revertirlo era sólo una: sacar un disco lo más rápido posible para superar el traspié. Y esta vez tenían que hacerlo con mucha mejor proyección.

Con “Comedown Machine” se arriesgan por fin a soltarle la mano a su debut para lanzarse de lleno a caminos pop y con tendencia neonica, en desmedro de su crudeza inicial. Pese a toda la aversión que pueda generar, el disco es bueno, le da un sentido multidimensional al cancionero del grupo y de paso nos entrega una visión diferente de la que nos tenían acostumbrados (estrellas de rock n’ roll desganadas). Se metieron a trabajar al estudio y, bueno, les resultó.

Una renovada texturación de su cancionero es lo que, por sobretodo, ofrecen en esta tirada. No se puede encontrar otra canción de igual dimensión que ‘80´s Comedown Machine’ en su discografía. Un tema en medio tiempo absolutamente reposado y con una atmósfera rica en texturas y tonos. ¿Sonar onírico y escéptico en un solo tema? Acá funciona.

‘All The Time’ sabe a los viejos Strokes. Recuerda a sus clásicos, pero mucho más de eso no hay. Si quiere ir directo a un denominador común acuda a ‘Slow Animals’ o ‘Welcome to Japan’, ambas con vocación bailable y estribillos fuertes (sobre todo esto último). Por ahí les puede ir mejor.

Aunque su fuerte es, sin duda la variedad sonora de la que se hacen cargo con su quinto LP. No le ponen límites. Suenan a unBlondie arrancado de su época en ‘Tap Out’, o baladistas inocuos y fluorescentes en ‘Chanches’. El vértigo de ‘50/50’es sólo momentáneo y de eso se encarga de enrostrárnoslo el Bossanova filtrado por máquinas llamado ‘Call it Fate, Call it Karma’. Y si de sorpresas se trata ‘One Way Trigger’ es tal vez la que más saca ronchas. No tanto por su fondo, sino más bien por su comparación en estructura a cierta canción de un grupo mexicano. Bueno, en esta pasada The Strokes también hace eso.

Resumiendo, el disco generará división. Será difícil de asimilar para el recurrente seguidor que se encandiló con “Is This It” (2001) y seguía esperando una nueva aventura por esa vertiente. Sin embargo, como disco camina a la perfección. Ese sonido menos engorroso les queda bien como grupo, aunque siguen habiendo detalles que mejorar. Parece ser que The Strokes irá sonando cada vez más como “Phrazes for The Young” (2009) en adelante. Si antes desenterraban imágenes pretéritas y se inspiraban en The Cars, hoy la evocación corre por la cuenta de cuadros futuristas y bajos a lo Blondie. Un cambio necesario. Un cambio con el cual sus fanáticos tendrán que convivir.

The Virginmarys - King of Conflict (2013)



El término rock cada día se acerca con más presteza al baúl de lo anacrónico. Ya sea por la diversificación que ha sufrido o por la carencia de un representante que lo refresque, el rock -como adjetivo- no encuentra hoy por hoy muchos exponentes consolidados que puedan inyectar nuevos aires a un sistema vital que parece no poder retomar el vuelo.

Los intentos por resucitarlo y sacarlo de su estancamiento han sido varios y generalmente vienen dirigidos desde bandas jóvenes que en un afán revival llenan de sangre nueva las venas del género por un tiempo. Sin embargo, este impacto no llega a concretarse nunca en una resurrección total, y lo que parte auspiciosamente, termina perdiendo carrera; trotando primero, para luego estancarse totalmente, en la mayoría de los casos.

Esto se puede atribuir a la ausencia de un movimiento que respalde el bombazo inicial, segregándolo a intentos aislados que quedan en el anecdotario, solo amparados en buenos debuts que no cruzan más allá del intento.

La banda que nos convoca –por ejemplo- se saca un tremendo primer disco, no tan sorpresivo, pero si muy contundente, ganándose el voto de confianza como una propuesta que se pueda perpetuar al largo plazo, y escape a ese nicho que componen bandas como Wolfmother. Ni más ni menos, hablamos de The Virginmarys, un trío británico que luce en su abanico sónico claras reminiscencias al hardrock setentero, pero no descuidan esa actualización que resitúa a sus canciones con un tono acorde a nuestros tiempos.

"King Of Conflict", marca el debut del grupo propiamente tal, ya que pese a estar en actividad desde el 2006 y lanzar 4 EP's , este vendría a ser su primer LP. Conformado principalmente por canciones ya probadas, que no por ello pierden mérito, es un combo de 12 temas compacto e incendiario, lleno de certezas y sin ningún traspié. Así exactamente como leyó: un disco sin debilidades.

De entrada 'Dead Man Shoe’s''Just A Ride' y 'Portrait Of Red' abaten con su absoluta potencia. Una tríada que no solo sirve como estocada embelesante, sino que además devela la talla de canciones con las que nos toparemos a lo largo del recorrido. Un golpe a lo seguro.

Y no se detienen ahí. Ally Dickaty se exprime a sí mismo y a su guitarra con 'Out Of Mind' 'Bang Bang Bang'. Imagínense, ya van cinco canciones y absolutamente todas relucen por su entrega sin compromisos. Imposible no dejarse llevar.

Más adelante aparecen 'Dressed To Kill' o 'Taking The Blame'. Ambas son una fiesta de riffs y, sobretodo, batacazos a toda marcha de parte de Danny Dolan. El espectáculo parece no terminar nunca, y cuando lo hace, cierra de forma magistral con 'Ends Don’t Mend', canción hardrockera en estado puro, dando espacio al hidden track 'Stripped' y cerrando el disco en un punto alto. Por mí, que siguiera sonando, con tanto material bueno no se puede pedir más.

¿Puntos flacos? Se podría sacar cualquiera: 'You’ve Got Your Money, I Got My Soul' o 'Running For Life' o la que sea, ya que todos conservan un nivel altísimo, lo que a la vez lo torna en un debut peligroso. ¿Cómo replicar esto más adelante? ¿Cómo avanzar después de tan tremendo disco? Pues, como decía más arriba: no se puede saber. Solo queda darle el voto de confianza a The Virginmarys y, si todo anda tan bien como en este disco, de seguro no se harán esperar otras obras auspiciosas. Ante tal remezón solo queda eso y disfrutar de tan extraordinario primer disco.

Biffy Clyro - Opposite (2013)



El consolidarse aparece como la gran traba para muchas bandas de este milenio. Dar el salto de ser el fetiche de un grupo definido de fans a aparecer más recurrentemente como opción masiva.

La intención está ahí siempre latente -ese viejo paradigma de reservarse para el underground suena a cuento obsoleto- la dificultad es dar con en el clavo, y poder dar ese salto. Algunos lo consiguen a la primera como Foals o The xx con trabajos que definen una identidad de una sola vez. No obstante hay grupos como Biffy Clyro que tras muchos años de bagaje y tras lanzar varios trabajos se encuentran en el momento de expandir sus sonoridades para alcanzar ese tan anhelado status de imprescindible. Y no lo logran; o al menos casi.

No es que el trabajo sea malo, ni nada parecido, el problema es que no le hacen justicia a su propio repertorio. Siendo muy bueno, no le da la estatura para ser la obra por la que serán recordados. Le sucedió a The Gaslight Anthem el año pasado con “Handwritten” una placa que llegaba en el momento preciso, pero que no podía superar ese tremendo disco que es “The 59 Sound”. A Biffy Clyro le sucede algo parecido, solo que para más remate duplican la apuesta lanzando un disco doble, uno tremendamente bueno como “Opposites” pero que no le hace sombra a su mejor obra de hace 10 años: “The Vertigo Of Bliss” (2003).

Dicen que antes de ascender es necesario tocar fondo, en una frase con mucho aroma a cliché, pero que no por ello deja de tener cierto grado de razón. “Only Revolutions” (2009) significó uno de los primeros escarceos para avanzar hacía la masividad, y si bien el resultado tuvo reacciones dividas entre seguidores y prensa especializada, al menos dejaba el precedente de una intención. Llegado a ese punto el camino parecía lógico, coser y cantar. Sin embargo, tanto la adicción al alcohol de su batero Ben Johnston como el pésimo momento personal que atravesaba Neil Simon dejaron en vilo la continuidad del grupo, en lo que parecía el momento más crítico que enfrentaban.

Oscuro precedente para la realización de un disco, pero lo cierto -tras escuchar completo el LP-, es que Biffy Clyro consigue sobreponerse, y de hecho hace patente más que nunca su ambición por amplificar el espectro de su público. Un trabajo con sentido épico y donde juegan con más colores, incluyendo variaciones pintorescas como gaitas (‘Stingin’ Bell’) a sonoridades flamencas (‘Spanish Radio’). Aunque siempre conservando esa estructura de rock-pop con capas de cuerdas. Entonces, ¿qué falla? Pues yo diría que se los come un poco la pretensión.

¿Era necesario un disco doble? La pregunta siempre aflora cuando un formato de esta naturaleza aparece. Y es que obras tan extensas tienden más al artificio y relleno, que a la consistencia en sí. Tal vez si el formato se hubiese visto reducido el golpe hubiese sido mucho más brutal, de hecho el concepto propiamente tal no se deja sentir demasiado. Esa idea de términos opuestos entre “The Sand At The Core Of Our Bones” (primer disco) y “The Land At The End Of Our Toes” (disco dos) no es para nada tangible.

Reitero, es un disco de buena construcción y el calibre de las canciones está muy bien hecho, así como las interpretaciones no dejan cavos sueltos. Cosa de repasar esos proto-himnos ‘Sounds Like Ballons’, ‘Biblical’ o esa bella canción con tintes de cuerdas llamada ‘The Thow’ en el primer disco, y ‘Trumpet or Tap’, más ese leve coqueteo con lo sintético en ‘Skylight’ en el segundo, para darse cuenta que acá hay más que buen material. Estas podrían ser las canciones de estadio a lo Foo Fighter de este año. El lío es que ambicionaron mucho y -ya sabemos todos- vivimos en un tiempo donde los héroes ya solo son un viejo recuerdo. No hay tiempo para la opulencia en días iconoclastas.

Los buenos discos (a secas) nos seguirán llegando, y esa gran broma llamada Indie quizás, algún día nos sorprenda con un disco generacional. Por mientras seguiremos esperando. Tal vez Biffy Clyro nos pueda sorprender alguna vez con ello. Podríamos apostar que sí.